Mira… está temblando… [Parte I]

A casi un mes del terremoto que asoló no sólo mi tierra natal, sino también gran parte de Chile, he decidido trascribir con cierto orden y respaldo mis impresiones al respecto; no sólo del hecho en sí, también de las reacciones post-cataclismo dentro y fuera de la cinta blanca. Llevo casi dos semanas y media en esto, y su avance no ha estado excento de dificultades, entre réplicas y cortes de electricidad, entre escasez de agua potable -que en mi sector se ha dado recién hace unos días, sin haber tenido ni una gota desde el 27 de febrero… salvo por la acción pronta de la junta de vecinos de mi población para conseguirla- y de pan, entre otros. En carne propia viví no sólo el movimiento telúrico, sino también la psicosis y los efectos de las malas desiciones administrativas, de ver tu ciudad de pronto en ruinas y los “¿y si hubiese…?”. Aquí les presento la primera parte de este reporte, testimonio o como prefieran llamarlo.

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Cuando el piso empezó a moverse, jamás imaginé que era el comienzo de un terremoto. Todos los mitos mundiales afloraron adrenalínicos por la piel, desde los marcianos hasta Dios. Tampoco pensé en el desastre que dejaría ni la desesperación que despertaría entre los ambiciosos y los que menos tienen. Sólo sé que fue un anuncio, un coscacho de la naturaleza para aprender a sobrevivir, un apretón para intentar unir a esta sociedad cada vez más fría.
Vivo en Concepción, la capital regional cuyos puentes fueron tragados por el Bío Bío y en donde los edificios nuevos son tan poco resistentes como el casco antiguo que se derrumbó. Quizás sea culpa de la alcaldesa, pues el monitoreo de las construcciones corre por parte del municipio –independiente que ya está claro la horrenda labor hecha por las constructoras- y evidentemente es un trabajo que no se hizo bien. Tal vez de los suelos arenosos y llenos de napas subterráneas no canalizadas en su momento sobre los que se asienta gran parte de la ciudad, o puede que la cultura desechable que nuestro “amigos” del norte nos meten subliminal o explícitamente en la cabeza este surtiendo tal efecto, que hasta las casas se estén construyendo con fecha de vencimiento.
Para qué hablar de los maremotos, que arrasaron no sólo con uno de los puertos más importantes de Chile –Talcahuano- sino que dejó sin casa a un sinnúmero de gente humilde de las infinitas caletas afectadas, pueblos cuya sobrevivencia se basa en el turismo y en los frutos del mar. El mismo que los dejó literalmente con lo puesto. Dichato, Cobquecura, Cañete, Arauco, sólo por mencionar algunos de los lugares devastados que conocí y que actualmente yacen bajo la arena y los escombros. Otros lugares más alejados de la costa, como Chiguayante o Hualqui, deberían agradecer a la bendita naturaleza que impulsó las olas de norte a sur; por lo cual no aumento el cauce del Bío Bío. Si hubiese ocurrido a la inversa, otro gallo cantaría.
Hasta ahora, sólo he mencionado los desastres de la VIII Región, sin embargo no quisiera pasar por alto que en otras regiones, como la VII o la VI, el desastre fue igualmente descomunal. La mitad de Talca en el suelo, Constitución reducido a escombros; incluso Santiago quedó con muchos edificios inutilizables. En fin, para que repetir todo lo que se ha visto en los medios nacionales e internacionales. Muchos estarán mejor informados que yo, pues en ningún momento quedaron incomunicados como nos ocurrió a los afectados, y aún pasa en muchos sectores.
Y cuando el piso dejó de moverse… empezó el verdadero caos. Fin de mes, nadie estaba aprovisionado, nadie contaba con sus sueldos y para peor, la ciudad incomunicada con riesgo de pronto desabastecimiento. Sin luz, sin agua, sin gas, sin teléfono, sin gasolina, sin comida y muchos sin techo; los más “choros” se mezclaron con los más urgidos a la hora de entrar a los diversos distribuidores, difuminando definitivamente el impreciso límite entre la necesidad y el vandalismo. Prestigiosos ingenieros civiles, químicos, médicos, se mezclaron con la “chusma” necesitada para robar desde kilos de carnes hasta LCD. Yo misma en algún momento me colé entre la muchedumbre para conseguir unos cuantos litros de gasolina. En la práctica, la verdadera solidaridad se da sólo si sirve para salvarse el pellejo uno mismo también.
Por lo tanto, siendo Chile un país donde la moral forma parte de los shows mediáticos con relativa frecuencia, no tardaron los figurines criollos en montar un pequeño circo a propósito de los miles y miles de damnificados. Pronto la desgracia dejó de ser tal y las ciudades destruidas se volvieron parte de la escenografía, los afectados en actores de bajo costo. Nuevamente la adversidad –con forma de terremoto- se volvió en otro gancho publicitario más, lavador de consciencias.

Teletón extraordinaria: todos quieren una tajada.
Hace unos años, durante la Teletón “normal” (la que se intenta hacer una vez al año para recolectar fondos en pro de los niños lisiados) salió a la luz que gran parte de los millones reunidos –aproximadamente el 30%- se utilizaban para costear equipos, la participación de los canales y, por supuesto, a los famosillos que se prestaban para el show. O sea que toda la farfulla solidaria, todo ese “amor al arte” con el que colaboraba la farándula criolla no era más que horas extras con su correspondiente bono. La supuesta solidaridad que se supone caracteriza a los chilenos no es más que efectos del marketing, es el consumo de un producto moral que cada cierto tiempo ponen a la venta. Y, claro, un terremoto con tantos damnificados, en donde cualquier ayuda sirve, parece ser el contexto ideal para una Teletón extraordinaria. ¿Quién despreciaría ganar en 24 horas más de lo que se gana en un mes?
Me da vergüenza ajena ver como se aprovechan de la desgracia para hacer un show. No digo que la intención es buena, sin embargo, en la práctica la ética kantiana no funciona. No hay que ser genio para saber que con los millones recaudados apenas alcanzará para construir algunas mediaguas de emergencia y unos tantos víveres. Además, las pérdidas no son monopolio de la VII y la VIII, en la IX, VI, V y RM también hubieron desmanes, también hubo gente que quedó en la calle y colegios mal parados. Sí, hay que reconstruir Chile, pero una Teletón extraordinaria tiene más sabor a burla que a esperanza. Muchos dicen, en su defensa, que el show sirvió para subir los ánimos. Sin embargo, la gente que realmente necesita un apoyo moral de esa magnitud no tiene electricidad, ni agua… ni mucho menos un televisor para verlo.
Ya he visto hasta el cansancio grupos en Facebook alabando a Don Francisco, llamándolo “padre de todos los chilenos” y cosas así. Personalmente, no considero que este caballero guarde un lazo de ese tipo conmigo, sea literal o metafóricamente hablando. Además, ¿Qué necesidad tiene nuestro país de hacer gala de nuestra supuesta nobleza moral? ¿Acaso es un intento de borrar la fama de ladrones con que se nos conoce más allá de Los Andes? No es imperioso, después del espectáculo de los saqueos innecesarios. El tan aclamado animador de televisión –y la horda de famosillos que lo secundan en sus “nobles” cruzadas- no es sino un carroñero más del dinero de todos los chilenos. Como si no bastara con los eternos ladrones de terno y corbata, tenemos que lidiar con este señor que, usando un poco de sicología barata, marketing y un vozarrón del demonio, quiere llevarnos a depositar en un banco nuestros ya escasos pesos para que no nos sintamos malas personas.
¿Por qué en vez de hacer una Teletón extraordinaria, cada empresa dona en silencio para reconstrucción? Igualmente mantendrían la rebaja de impuestos, sería mucho más ilustre… ¡pero es publicidad gratis!. Estos tipos definitivamente no dejan nada al azar. ¿Por qué en vez ser los primeros ante las cámaras para dar discursos, los gobiernos (el operante y el electo) no unieron fuerzas de inmediato para controlar la situación? ¿Por qué dar la sensación que no hay ni para reconstruir, cuando en verdad lo que hace falta son ayudas inmediatas en víveres, hospitales móviles, casas de emergencia, agua y ropa? Casualmente, lo que nos llega de la ayuda internacional. Si con el show de la Teletón extraordinaria querían dar también apoyo moral, quizás podrían haber prescindido del bolseo nacional. Para eso está el Estado, la ONU y muchas instituciones más. Pero claro, los farandulitos no trabajan gratis.

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