Mira… está temblando… [Parte II]

A casi un mes del terremoto que asoló no sólo mi tierra natal, sino también gran parte de Chile, he decidido trascribir con cierto orden y respaldo mis impresiones al respecto; no sólo del hecho en sí, también de las reacciones post-cataclismo dentro y fuera de la cinta blanca. Llevo casi dos semanas y media en esto, y su avance no ha estado excento de dificultades, entre réplicas y cortes de electricidad, entre escasez de agua potable -que en mi sector se ha dado recién hace unos días, sin haber tenido ni una gota desde el 27 de febrero… salvo por la acción pronta de la junta de vecinos de mi población para conseguirla- y de pan, entre otros. En carne propia viví no sólo el movimiento telúrico, sino también la psicosis y los efectos de las malas desiciones administrativas, de ver tu ciudad de pronto en ruinas y los “¿y si hubiese…?”. Y aquí va la segunda parte de este reporte, testimonio o como prefieran llamarlo.

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Si la cosa no se pone peluda, no funciona.
A pesar de ser “civilizados”, todos y cada uno de los seres humanos de este planeta son animales en la carrera sinsentido de la sobrevivencia. Nuestro estilo es mucho más sofisticado que el de las bestias, ya vemos como algunos se las ingenian para atraer billetes apelando inescrupulosamente al desastre y la desesperación ajena; mas otros más modestos, toman directamente el bien material, como se ha hecho desde el comienzo de los tiempos. No obstante, nuestras necesidades han cambiado vertiginosamente. El terremoto no sólo dejó sin suministros básicos a cientos de personas, también destruyó el patrimonio personal y nacional. Y claro, al verse la gente ciertamente de un minuto a otro sin más que lo puesto, rebajados a mendigos por un sacudón inesperado; lo primero que muchos atinaron fue a buscar la forma de satisfacer todas sus necesidades… incluso aquellas que no eran tan urgentes.
No justifico los saqueos de electrodomésticos, mobiliario o ropa en cantidades casi industriales, ni tampoco a esa gente que acaparó todo el alimento, pañales y otras cosas urgentes para revenderlas con precios astronómicos. Evidentemente no es justo, es inhumano y va contra el espíritu que llevó al homo algo a asociarse con otro para sobrevivir. Sin embargo, hay que considerar porque esas personas actuaron así. Algunos querían divertirse, lucrar… y otros querían satisfacer sus carencias. El comercio no operaría, obvio; las familias con despensas vacías vieron que de pronto ya no habría que echar a la olla. Entonces fueron a diversos locales a tomar cuanto necesitasen. Nada más normal. Ya decían unos periodistas italianos, a propósito de la tardía salida de las FFAA a la calle, que incluso ellos que se autodefinen “sociedades desarrolladas” hubiesen reaccionado así. No hay que espantarse, es lo más natural que una madre y/o un padre haga lo imposible para que sus hijos no pasen hambre.
Como decía, hay que tener en cuenta las razones de la gente y en elciudadano.cl, Roberto Gargarella especulaba un poco los motivos de por qué se saquearon plasmas y esas cosas de segunda o tercera necesidad. En resumen, adrenalina e injusticia social que se arrastra de hace tanto tiempo que nadie puede definirlo con precisión, se vislumbran como potenciales respuestas. Y un poco de ley del Talión. Más que mal, ladrón que le roba a ladrón, cien años de perdón; y a la gente no acomodada todos los días se les roba con amparo legal, entiéndase AFP, Isapre, seguros de cualquier cosa, créditos, impuestos varios… Para muchos no fue más que la oportunidad de devolver la mano y sentirse, por un instante, al otro lado. Quizás no era el momento adecuado, no obstante, ¿habría otra oportunidad?
En fin, devolver abusos con abusos no es lo más adecuado, claro está. Simplemente porque nadie está con ánimos de aguantar a quienes se quieren pasar de listos vendiendo lo saqueado al triple del precio normal. La guerra por sobrevivir hace que se busquen métodos diversos para no pasar más penurias, y eso incluye que si para asegurarme un plato de comida tengo que desvalijar al de al lado, lo voy hacer. Es decir, oportunismo de emergencia. Normalmente se hace de forma más sutil, pero los tiempos no están para detalles de ese tipo. Nuestros instintos más profundos simplemente gritan “¡Él o yo!”, casi como el eco perfecto de este capitalismo a chilena en que vivimos, que hace realidad el refrán “el que reparte toca la mejor parte”. Basta echar un vistazo a la repartición de riquezas, como los menos son los que tienen más… incluyendo el poder. Ya lo vieron todos en los medios, y yo misma lo sentí cuando aún no habían pasado ni 8 horas del terremoto. Mi familia casi sin víveres, sin agua, sin luz, sin comunicación para saber del estado de parientes y amigos; lo único que se piensa es cómo suplir las necesidades básicas. Y saquear es una opción. Y compartir, otra. Y abusar de los demás, otra más. Entonces, sólo queda apelar a la consciencia de cada uno, a lo que se espera del vecino cuando la urgencia común llama: comprensión y apoyo mutuo. Hay un cierto grado de confianza social que debe respetarse, o todos perdemos.
Sin embargo, la ley de la selva no contempla el respeto. Antinatural sería que el león no atacase a la gacela para que sus parientes y amigos no queden abandonados. Antinatural sería que la comadreja no coma los huevos de la gallina para no causarle el dolor de perder a sus hijos. Y antinatural es que una hormiga soldado mate a una obrera de su propio hormiguero por una miga de pan. Por eso, como animales sociales que somos, es antinatural atacarnos entre nosotros, incluso cuando las circunstancias nos obligan a volvernos primitivos. Lo que en realidad pasa es que se sectoralizan grupos de personas, bajo el amparo de los prejuicios que –sea por los medios o por la tradición- tenemos arraigados y apunta a los vicios como patrimonio de los pobres. Se pasa por alto como “gente bien” fueron en sus Mercedez a llevarse no sólo comida, también electrodomésticos y otros productos de tercera o cuarta necesidad. Así lo supe de boca de un taxista de Andalué (uno de los sectores más acomodados de la región), como un alto funcionario de ENAP –específicamente, un químico- fue formalizado tras identificársele, con una fotografía de las cámaras de seguridad, por robarse un televisor plasma. En fin, como decía, entre la gente se forman manadas que rivalizan por los escasos suministros, a menos que alguien reestablezcan algo parecido a lo que se entiende por orden. Que palabra más ambigua, pues si no hubiésemos modificado tanto nuestro medio, sólo ahora tendríamos el mundo “en orden”.

Entonces, ¿por qué se tardaron en resguardar los vestigios de sociedad de las ciudades devastadas? Mala administración, exceso de burocracia y horribles fallos en los medios de comunicación dicen algunos. ¿Por qué esperar que se sublevaran los instintos más salvajes? El centralismo que azota a Chile desde hace muchas décadas se alza como una de las razones, al creerse la capital el más perjudicado por el seísmo porque se cayeron un par de edificios mal hechos. Ya mencioné anteriormente el comentario de unos periodistas italianos que no comprendían la lentitud de reacción del gobierno, que haya que ponerse apocalíptico para recibir un kilo de arroz. Y la verdad es que nadie lo entiende, todos se cuestionan lo mismo, indignados, en las colas para el agua o para medicamentos o para gasolina o en las fogatas de resguardo de las poblaciones –antes de la instauración de los toques de queda.
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