mi… ¿cancionzuela -¡persona!- favorita?

Hay una cancioncilla algo insulsa e incosistente pero pegajosa. Nian la escuchó de pronto, de noche y en medio de una autopercepción de su lista de cosas-por-hacer-en-poco-tiempo. Se acordó vagamente de todo lo que le inspiraba: recuerdos, sentimientos ya deshechos, melancolías fosilizadas. Las tuercas intentaron girar como en ese entonces, pero aquella pasta hecha de aceite seco y polvo hizo que la vuelta no fuera completa. Nian no podía sentir ni pensar como hace tres o cuatro años atrás, cuando la vida era entre capullo y verano, cuando el otoño aún crujía en rojo cálido. Una suerte de viejazo -¡viejazo!- le venía persiguiendo hace varias cuadras, y aunque no ha alcanzado a Nian, ya no puede contener sus jadeos. Fue en plena huída que la cancioncilla la encontró, con su ritmo saltón y su letra llena de alegría nostálgica, y la torrente de memorias casi tan vívidas como las estrellas de esta noche de noviembre.
Se miraron, Nian y la cancioncilla, como dos leones a punto de pelear. Nian perdía la noción de la realidad en la ondulación constante del teclado, las frases que antaño se habían asociado con viejos sentimientos parecían renovar un pacto indisoluble en el tiempo. Se sentó a escuchar los recuerdos sonoros, a re-saborearlo y a rememorar como su mente recordaba cosas que ya pasaron… ¿Qué cosas? No lo sabía exactamente, como una pulsación en el pecho que Nian veía saltar al son de la cancioncilla, una danza de ideas viejas concebidas -¡concebidas!- por el sólo concepto oculto bajo la frase pegote: “eras mi persona favorita”.
Nian, sentada junto a un árbol, pensaba como semejante cancionzuela podía hacerle inferir alguna cosa, en algún lugar o momento de la existencia toda. ¡Que vergüenza! Que no se entere nadie, que Nian huirá de sus propias nostalgias, que lo pasado ha pasado, que esta canción no es más que un sauro de la evolución nicodelística, un improperio al presente. Y claro, Nian siguió corriendo, pero en su mente se había arraigado otra vez las ideas de “cajón”, “fotos viejas”, “yo no voy a volver”, “mi persona favorita”…
Nian suspira, resignada, a merced de su cabeza revuelta. Su pelo negro cae en cascada, se ondula con su respiración cansada, con la espalda arqueada cuya base consta de sus brazos en la rodillas. Se ha olvidado del tiempo, ha olvidado el pasado y el futuro, el presente se torna ambiguo; parece que atardeciera, a cada segundo la luz es más difusa. “Si yo me fui, no fue tu culpa” resuena breve ante la luminosidad que se cierra. Nian ha corrido en círculos en un cajón -¡un cajón!- y se cierra y todo. La cancioncilla sigue sonando, no es su imaginación, aunque sí lo es el cajón. ¿Cómo pudo Nian creer alguna vez que todo había transcurrido en un cajón?
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