quiero

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Quiero creer que no está todo perdido. Quiero creer que todavía hay esperanzas, que todavía vale la pena cobijarlas y sufrir por ellas. Sin embargo, cuando abro los ojos y miro a mi alrededor, sólo percibo tristeza y decepción. En todos los rincones las personas pierden el horizonte, olvidan las cosas importantes de la vida y las razones por las cuales uno respira. Me llena de profunda decepción levantarme solamente para recibir desaires infundados, noticias que me avergüenzan, soportar falta de profesionalismo y decisiones tomadas con irresponsabilidad. Déjeme decirle, sr. lector, que si usted está pensando en peces gordos, aunque no se equivoca tampoco acierta. Hablo de todos, desde ese energúmeno que hoy se sienta en La Moneda hasta el mendigo que patea las bolsas de basura porque sí. Todos y cada uno de nosotros tiene el deber de mantener las cuentas con la consciencia saldadas… ¿Y cómo? Apelando al sentido del honor, de la honestidad; confiar que en el poder que cada uno de nosotros tiene para cambiar aquello que está mal, porque ¡no! no estamos atados de manos. Si nunca dejamos de creer que hay sol en un día nublado, ¿por qué pensar que está todo perdido cuando no podemos encontrar una salida optimista?

No quiero perder la esperanza. Quiero creer con todo mi corazón que aún queda honor, honestidad, responsabilidad, sentido del deber. Anhelo ver brotar una actitud más positiva en todos nosotros, dejar de vernos como enemigos -unos a los otros como “los otros”– y darnos la mano por un fin tan incierto como necesario: el futuro. Pueden contraargumentar que es un abtracto, una falacia de la vida, un vacío sin sentido, inexistente. No lo discuto ni lo niego. El futuro es una fantasía, un imaginario construido a costa de las consecuencias que nuestros actos acarrean. Por lo mismo… ¡no importa cuán nebuloso sea ese porvenir! Nada es gratuito en esta vida, todo lo que decimos y -sobre todo- lo que hacemos, tiene consecuencias. Y son ellas las que marcan la pauta de lo que se construirá. ¿Cómo, entonces, dejar y dejarse tomar desiciones motivadas por cosas negativas? ¿Cómo puede alguien dejarse motivar por el egoísmo, el individualismo? ¿Cómo puede pensar alguien sólo en sí mismo, en su núcleo reducido? ¿Cómo puede alguien olvidar cuán dependientes somos los humanos unos de otros? Y por ello, ¿cómo puede, entonces, alguien ser tan irresponsable de involucrar a miles de personas por ambiciones personales?

Honestamente, me cuesta muchísimo concebir siquiera tanta ruindad. No logro entenderlo. La historia se ha construido con sangre de muchos por y para intereses de pocos, es verdad. Y me cuesta comprender como cada uno de nosotros permite que esa secuencia siga en funcionamiento, ese ciclo egoísta, lleno de decepción, frustación, tristeza… Cuando dejemos de prestar atención a toda esta bruma negativa, veremos las cosas como son. Sabremos que aún quedan esperanzas, que aún podemos hacer cosas para romper el sangriento círculo vicioso en que se enfrascó la humanidad un día que nadie recuerda. Ahora parece que no hay horizonte, que vamos a tientas, directo al fin. Deseo creer que no es así. Porque la bondad aún respira entre toda la basura con que mentes deshonrosas y egoístas nos atosigan, quiero creer en eso. Por todos nosotros, nadie más que por nosotros. Porque si me equivoco… entonces, en verdad, no valdría la pena que la humanidad siga existiendo.

 

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