darkness, my old friend

Pasar del día a la noche a veces parece un espacio de tiempo ambiguo. No sé bien por qué, aunque sí estoy segura que detrás de ello hay un algo medio paranoico, medio triste, medio cansado. Se parece al agobio pero sin estrés. Es como la melancolía pero sin belleza. Es como la nostalgia sin el color sepia.

Por eso elegí The Sound of Silence. Pues hay algo de Silencio en todo esto. Me recuerda tarde soleadas de una jovencilla que buscaba respuestas en un mazo de cartas hechas por ella misma, medio por el cual empezó a conectarse con lo inconectable, lo inexplicable, eso que ella llamó por mucho tiempo ‘magia’.

Pero, ¿y la magia? Han pasado un poco menos de 10 años desde entonces, lo cual no es menor. Ahora no es magia. Dejó de creer en la magia, o eso es lo que ella cree. En verdad no lo sabe, si lo supiera no estaría esa pobre alma perdida pensando continuamente en ello. Ese algo místico aún la persigue, solamente que ahora ella no sabe como abordarlo.

Antes, sí, antes, tenía su mazo de tarot, sus habitualmente infructuosas seudoprácticas de meditación o algo así. Buscaba vehemente la forma que su consciencia saliera de su cuerpo y le mostrase aquellas cosas que ni dios sabe que existen. De algo le sirvió, tal vez en parte porque el Silencio, desde pequeña, siempre la abrazaba. Sólo una vez le tuvo miedo, pero de eso ni siquiera se acuerda.

Ahora ella habla de esas cosas como filosofía barata o al menos así suena. No es su intención, eso es claro, sería como decir que su mente es un mercado de cachivaches, cosa que no sólo le ofende, sino que lo abomina desde ese rincón de su alma experto en repudiar. Una pulsación extraña le dice que debe encontrar la forma de difundir toda esta majamama de… cosas. Sin embargo, ¿para qué?

Y ahora tiene casi todo. La vida es amable en este momento. Me pregunto cuánto durará, todo lo que sube tiene que bajar, y mientras más alto, más dura es la caída. Así que, si soy sabia, no debería entusiasmarme, pero tampoco vale la pena pasar el rato a medio reír y a medio llorar solamente porque tarde o temprano todo acabará. El juego hay que disfrutarlo, por algún ridículo motivo la vida siempre es corta, tus vivencias siempre son intensas y siempre te dejan una cruda lección que debes cocinar, comer y nutrirte con ella. Siempre hay algo que debes aprender.

Entonces, ¿por qué? Esa es mi única pregunta, la eterna sin respuesta, la que nadie quiere responder, la que está cifrada en la sustancia misma de la vida, cuyo código nacemos sabiendo y olvidamos cuando empezamos a recordar. Se me vienen muchas citas a la cabeza, a Bradbury diciendo que la vida vale la pena vivirla por ser la vida misma, a los chicos de Kamelot preguntando qué es un milagro si la vida misma no lo es. Y a Elton John disculpándose por olvidar detalles como si es verde o azul.

Y todo eso… es lo que alguna vez ella llamó magia. Sólo que ese nunca fue el termino adecuado. Tal vez el término era “vida”, esta era la que se expandía ante ella cada vez que manipulaba su tarot, esta era la que con sueños le decía quién era -realmente-, a quién busca(ba), como usar y no abusar de la suerte. Y a respetar toda la sabiduría que el Silencio te puede dar, todo lo que la Oscuridad te puede mostrar.
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