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Quiero compartir: “Oda a la Esperanza”

Tengo sentimientos encontrados con la obra de Neruda. Bueno, con los trabajos melosos de Neruda e, irónicamente, con sus odas. Sin embargo, la candencia con la que se mueven los versos en su obra siempre me atrapa, ya sea más simple, más danzante o más solemne.

No tengo mucho que decir que no se haya dicho antes, en realidad. En plan jocoso, sólo agregaría que ser grupie de Huidobro no impide que pueda apreciar el trabajo de Neruda, algo debió hacer bien si me dieron ganas de compartir un poema suyo. Ya está, lo dije sin tener peso académico y qué. Pero, ya sin plan jocoso, supongo que me atrajo la temática del mar, pues por algún motivo, la forma en que es tratado este elemento en la lírica que resulta más atractivo que cualquier marina y más profundo que el mar mismo… quizás suene a mucho, pero es así.

Oda a la Esperanza, por Pablo Neruda

Crepúsculo marino,
en medio
de mi vida,
las olas como uvas,
la soledad del cielo,
me llenas
y desbordas,
todo el mar,
todo el cielo,
movimiento
y espacio,
los batallones blancos
de la espuma,
la tierra anaranjada,
la cintura
incendiada
del sol en agonía,
tantos
dones y dones,
aves
que acuden a sus sueños,
y el mar, el mar,
aroma
suspendido,
coro de sal sonora,
mientras tanto,
nosotros,
los hombres,
junto al agua,
luchando
y esperando
junto al mar,
esperando,

Las olas dicen a la costa firme:
“Todo será cumplido”.

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Quiero Compartir: “Tinieblas tras el tiempo”

Es probable que este poema de Huidobro ande por ahí dando tumbos. Ni siquiera me molesté en buscarlo, simplemente vengo aquí en plan “le traigo amor“.

He estado leyendo una antología de Vicente Huidobro, y resulta tragicómica porque es una antología hecha en base de la antología que hizo Eduardo Anguita y de otra que hizo Cedomil Goic. Pero obviando este dato gracioso (según yo), el poema que quiero compartir me gustó bastante, pues me dejó con gusto a poco. Es raro eso, para mí, que la poesía a veces se me hace un lugar denso para caminar. Pero bueno. Quizás por eso me gusta Huidobro, en cierta cosas y formas estamos en similar sintonía. (Arenosos nerudistas, mistralianos, antipoetistas, zuritalovers are coming)

Y nada. No digo nada. Aquí está. Y no soy una perra elitista por gustarme Huidobro, putos marginales clase media, y si me disculpan, debo ir a comprar los duraznos con crema del postre con la junaeb. xD pero que wea mas clase media

Tinieblas tras el tiempo, por Vicente Huidobro.

El corazón absurdo en sus tinieblas quemadoras
El más absurdo de los corazones
El que dice adiós sin agitar ningún pañuelo
Cuando el invierno se hunde hacia el otro lado
Con sus estrellas especiales y todos sus cómplices

¿En donde está mi corazón?

Los pianos vuelven a hablar
La primavera sobresale
¿Qué es lo que busca su libertad?
Las cadenas se rompen ansiosamente
El viento nuevo
Las palabras nuevas y la nueva estación

¿En dónde está mi corazón?

Una campana vuela hacia la luna
Las montañas se han fatigado de querer salir de la tierra
Y yo sigo entre mis sueños y mis fantasmas
Entre mis ecos seculares

¿En dónde está mi corazón?
¿Por dónde vamos y hacia dónde vamos?
Perdidos para siempre

Perdidos en la noche y en el tiempo
Como la primera lágrima del mundo
¿En dónde está mi corazón
Con su corona de sangre prevenida
Y su manto de esperanza sin recuerdo de voz?

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Quiero compartir: “Y enseñar locamente”

El nombre original del inglés es And Madly Teach, del señor Lloyd Biggle, Jr. (1923 – 2002). Y esta entrada es para ponerlo a disposición del público, en cierta forma. Yo poseo una versión impresa del cuento que apareció en la tercera selección de las Antologías de relatos de Ciencia Ficción de la colección Libro Amigo, perteneciente a la editorial Bruguera; pero cuando busqué una versión online para compartir con mis amigos, descubrí que lo único disponible es la que existe en scribd.com, la cual no se puede leer completa a menos que seas de pago o la descargues siguiendo el reglamento establecido por la página para ello (que es lo que yo hice, la verdad sea dicha).

Motivada por esa razón hago esta entrada, para compartir un cuento que, a pesar de los años (el relato fue escrito en 1966), sigue siendo vigente cuando de criticar los sistemas educacionales de trata. Como esta entrada es para compartir el cuento, no me detendré mayormente en su análisis, aunque si quiero destacar como en los primeros momentos del relato se pone en jaque la idea que muchos apoderados, alumnos, directivos y ministros tienen de la escuela como si fuera una guardería y los profesores los payasos que deben mantenerlos entretenidos mientras llega la hora que sus padres quieran llevarlos a casa. Nada más lejos de la realidad, nada más lejos de lo que es educar.

Y para no ser más spoiler, la transcripción, que incluye el comentario inicial al cuento de Carlo Frabetti, con quien no estoy muy de acuerdo con alguno de los puntos que presenta, pero esa es mi opinión personal :v .
(Guiándome con la versión impresa, corregí las erratas del libro y que la versión digital también tenía, las cules consistían en algunos tildes mal puestos xD.)

Y Enseñar Locamente, por Lloyd Biggle, Jr.

Los relatos de SF que se esfuerzan por demos­trar que lo que llamamos, un tanto irreflexivamen­te, «progreso» es muchas veces todo lo contrario, constituyen uno de los más válidos e interesantes filones del género. Por otra parte, las narraciones que señalan las funestas consecuencias del mal uso que ya se está haciendo de la TV son bastante fre­cuentes. Lo que no es tan frecuente es exponer los peligros de un posible «buen» uso de la TV…
A And Madly Teach se le puede hacer unas cuan­tas objeciones desde el punto de vista crítico, de­bido a su nostálgico y simplista («bradburiano», diría yo) apego a esquemas y valores que hay que superar. Pero tiene el acierto de señalar que en la comunicación y la solidaridad humanas está la al­ternativa al espíritu de competencia y el principio de rendimiento que taran nuestra sociedad.

* * * *

La señorita Mildred Boltz juntó ambas manos y exclamó:

— ¡Qué escuela más encantadora!

Esplendía deliciosamente bajo el brillante sol de la mañana como oasis en delicado blanco y azul, como una gema entre las indescriptibles torres y cúpulas de aquel complejo metropolitano.
Pero pronto modificó su opinión. La forma del edi­ficio era cuadrada, utilitaria y fea. Sólo su color era hermoso.
El conductor del taxi aéreo murmuraba para sí por­que había tomado una ruta equivocada perdiendo su turno. Se volvió rápidamente preguntando:

— ¿Cómo dice?
— La escuela — contestó la señorita Boltz —. Tiene un color encantador.

Trazaron unos cuantos círculos obligatorios manio­brando luego convenientemente para seguir al final la ruta apropiada. Entonces el conductor se volvió otra vez hacia ella.

— He oído hablar de las escuelas. Creo que hay al­gunas en el oeste. Pero eso que usted ve no es una escuela.

La señorita Boltz, confusa, miró al hombre esperan­do no sonrojarse. No era propio de una mujer de su edad ruborizarse.
Dijo:

— Me parece no haberle entendido bien. Creí que era…
— Sí, señora. Ésa es la dirección que usted me dio.
— Entonces, por supuesto que se trata de una es­cuela. Yo soy profesora y voy a enseñar allí.

El hombre movió la cabeza.

— No, señora. Nosotros no tenemos escuelas.

El descenso fue tan rápido y brusco que la señorita Boltz tuvo que callar sus protestas para sujetarse al cinturón de seguridad. Pronto llegaron a la zona de estacionamiento; y el chofer abrió la portezuela. Ella le pa­gó y descendió del taxi aéreo con una actitud digna para una maestra de escuela de mediana edad. Le hu­biese gustado mucho averiguar esa extraña opinión del hombre respecto a las escuelas, pero no quería lle­gar tarde a la cita. Y aún así…, ¡qué sorpresa! Si aque­llo no parecía una escuela, ¿qué era en realidad?


En la distribución de los pasillos, marcados con si­glas y dobles siglas, cada esquina que doblaba le pa­recía un laberinto, y ya empezaba a respirar agitadamente, luchando contra una rara sensación de pánico, cuando llegó por fin a su destino. Una recepcionista le preguntó su nombre y dijo seriamente:

— El señor Wilbings la está esperando. Puede usted pasar.

La puerta del despacho tenía un flamante rótulo: «ROGER A. WILBINGS. SUPERINTENDENTE AYU­DANTE DE EDUCACIÓN (SECUNDARIA) DISTRITO ESCOLAR DEL NORDESTE DE LOS ESTADOS UNIDOS». La señorita Boltz se detuvo un momento y la recep­cionista le volvió a repetir:

— Puede usted pasar.
— Gracias — respondió la señorita Boltz, al mismo tiempo que abría la puerta.

El caballero, que se hallaba detrás de una mesa de despacho situada a distancia del centro de la habita­ción, la esperaba con expresión seria reflejada en un rostro oval coronado por una brillante calva. La seño­rita Boltz parpadeaba nerviosamente deseando en aquel momento tener puestas sus lentillas. La atención del se­ñor Wilbings se fijaba en unos papeles que tenía dis­persos sobre la mesa y le señaló una silla, sin moles­tarse en levantar la cabeza. La señorita Boltz avanzó por la habitación como si caminara sobre una cuerda floja y se sentó.

— Un momento, por favor — dijo el hombre.

La señorita Boltz decidió relajarse. No era una jovencita que acabara de abandonar el colegio para bus­car desesperadamente un empleo, su primer empleo. Tenía un contrato y la experiencia de veinticinco años de ejercicio como profesora: simplemente se presenta­ba allí para que le diesen un destino.
Pero sus nervios no le permitieron relajarse.
El señor Wilbings recogió sus papeles, los ordenó minuciosamente y los guardó en una carpeta.

— Señorita…, ¡ah!…, Boltz — dijo.

Su aspecto curiosamente afectado la fascinaba. El hombre usaba gafas, objeto éste que ella no había vis­to hacía años; y ostentaba una fina línea de pelo re­cortado sobre su labio superior, cosa que ella tam­poco recordaba haber visto nunca a no ser en las pe­lículas y en algunas obras de teatro. El hombre le­vantó la cabeza, después volvió a bajarla, suspirando hondo luego de haber contemplado con disgusto a la maestra.
De pronto asintió con un movimiento de cabeza mi­rando a su mesa de despacho al mismo tiempo que decía:

— He examinado su expediente, señorita…, ¡ah!…, Boltz…

Separó una carpeta poniéndola a un lado con gesto de impaciencia y añadió:

— Mi consejo es que renuncie. Mi secretaria le pro­porcionará los impresos necesarios para que los relle­ne. Buenos días.

Estas sorprendentes palabras aplacaron al momento todo el nerviosismo que la señorita Boltz había expe­rimentado antes. Dijo calmosamente:

— Aprecio en gran manera su interés, señor Wilbings, pero no tengo la menor intención de renunciar. Aho­ra…, respecto a mi nuevo destino…
— ¡Mi querida señorita Boltz!

Al parecer ahora el hombre había decidido mostrar­se amable con ella. Su expresión se alteró perceptible­mente al hacer una mueca entre sonrisa y gesto de mo­lestia. Luego añadió:

— Lo que me preocupa es su propio bienestar. Entien­do que su renuncia podría ocasionarle algún perjuicio financiero, y en estas circunstancias creo que podría­mos concretar un adecuado reajuste en su pensión. La dejaré con toda libertad para que haga lo que usted le plazca, pero puedo asegurarle que usted no está…

El hombre hizo una pausa para golpear sobre la mesa con su dedo índice, y concluyó:

— …Preparada para la enseñanza. Por muy dolorosa que pueda ser para usted esta afirmación, es la pura verdad; y cuanto más pronto lo comprenda…

Después de un momento de desorientación la seño­rita Boltz no pudo contener la risa. El hombre enco­lerizado la miró.

— Lo siento — dijo ella volviendo a su natural ex­presión —, soy profesora desde hace veinticinco años…, una buena profesora, lo comprobará usted si se mo­lesta en examinar mi expediente. La enseñanza repre­senta toda mi vida y me gusta. Ya es un poco tarde para advertirme que no estoy preparada para esta pro­fesión.
— La enseñanza es una profesión para la gente jo­ven y usted tiene casi cincuenta años. Además…, debe­mos tener en cuenta su salud.
— Que es perfectamente buena — interrumpió la se­ñorita Boltz —. Por supuesto, padecí de cáncer en el pulmón. Es cosa frecuente en Marte. Lo produce el pol­vo, usted lo sabe; pero se cura fácilmente.
— Según los informes padeció usted de cáncer cuatro veces.
— Sí, lo tuve cuatro veces y en todas me curé. He re­gresado a la Tierra solamente porque los médicos opi­naron que yo era muy susceptible al cáncer marciano.
— La enseñanza en Marte — dijo el señor Wilbings en tono despreciativo —. Usted no ha dado clases en ninguna otra parte y debe tener en cuenta que la educación ha experimentado una evolución, señorita Boltz, y que esta evolución la ha desplazado a usted por completo.

El hombre tamborileó sobre la mesa con todos los dedos de una mano, en demostración de impaciencia; y añadió, después de una breve pausa:

— No está usted preparada para enseñar. Por lo me­nos en este distrito.

La señorita Boltz dijo seriamente:

— ¿Cumplirán ustedes mi contrato o tendré que acu­dir a la vía legal?

El hombre se encogió de hombros, y miró el expe­diente de la señorita Boltz.

— Inglés hablado y escrito. Décimo grado. Supongo que está usted al corriente de todo eso.
— Sí. Lo estoy.
— Su clase es, desde las diez y cuarto hasta las once y cuarto, de lunes a viernes.
— No me interesan las clases por horas.
— Es una norma del reglamento.
— ¿Cinco horas a la semana?
— Su cargo la obliga a cuarenta horas semanales de clase. Usted posiblemente necesitará muchas más ho­ras que ésas.
— Comprendo — murmuró la señorita Boltz.

Jamás había estado tan atemorizada.

— Las clases empiezan el próximo lunes. Le propor­cionaré un estudio y convocaré inmediatamente una con­ferencia de ingeniería para usted.
— ¿Un estudio?… — dijo entrecortadamente.
— Sí, un estudio — replicó el señor Wilbings con una nota de maliciosa intención en su voz—. Tendrá usted aproximadamente unos cuarenta mil alumnos.

El señor Wilbings extrajo de un cajón dos libros, uno de ellos era un grueso volumen titulado Técnicas y procedimientos de la enseñanza por TV, y el otro, me­canografiado, con espiral de plástico, era un curso referido al décimo grado de inglés en el Distrito Es­colar del nordeste de los Estados Unidos.

El señor Wilbings añadió:

— Estos dos volúmenes contienen toda la información que usted necesita para ponerse al día.

La señorita Boltz dijo, casi tartamudeando:

— ¿Enseñanza por televisión? Entonces…, ¿mis alum­nos asistirán a clase por televisión?
— Desde luego.
— Entonces yo nunca podré verlos.
— Ellos la verán a usted, señorita Boltz. Con eso basta.
— Supongo que los exámenes se computarán…; pero, ¿y los ejercicios? En todo un semestre no podré revi­sarlos y…

El señor Wilbings la miró con expresión irónica.

— No hay exámenes — dijo —. Ni ejercicios que revisar. Supongo que el sistema de educación en Marte todavía emplea estas cargas inútiles que obligan a es­tudiar a los alumnos, pero nosotros hemos superado las edades oscuras de la educación. Si tiene usted la idea de abrumar a sus alumnos con exámenes y ejer­cicios, puede ir olvidándola. Esas cosas son síntomas de una mala enseñanza y no lo permitiríamos aunque fuese posible, si bien no lo es.
— Sin exámenes ni ejercicios; y sin ver a mis alum­nos, ¿cómo podré conocer los resultados de mi ense­ñanza?
— Para eso tenemos nuestros métodos. Usted recibi­rá un cómputo Trendex cada dos semanas. ¿Algo más?
— Sólo una cosa — dijo la señorita Boltz, sonriendo tímidamente —. ¿Tendría usted algún reparo en decir­me por qué lamenta mi presencia aquí?
— No tengo el menor inconveniente — replicó el se­ñor Wilbings con tono de indiferencia —. Existe un con­trato que tenemos que cumplir, pero estamos seguros que no permanecerá usted todo el curso aquí. Cuando usted se vaya se nos presentará el problema de hallar un sustituto para terminarlo y cuarenta mil estudian­tes habrán estado sometidos a varias semanas de mala instrucción. No puede usted culparnos de adoptar una actitud que es beneficiosa para usted: su dimisión, y cuanto antes mejor. Si cambia usted de idea hasta el lunes, le garantizo unas buenas indemnizaciones de re­tiro. De lo contrario, recuerde esto: los tribunales apo­yan nuestro derecho a despedir a un profesor por in­competente, a pesar de sus años de servicio.


La secretaria del señor Wilbings le entregó un nú­mero de habitación.

— Éste será su despacho — dijo la joven —, espere aquí mientras vienen a verla.

Era una habitación pequeña con una mesa de des­pacho: estanterías con libros, un archivador, un pe­queño armario para guardar películas, y un lector de películas. Una estrecha ventana se enlazaba con largas filas de otras estrechas ventanillas. En la pared opuesta a la mesa de despacho había una pantalla de televisión Era el primer despacho que tenía la señorita Boltz y se sentó frente a la mesa entre los muros de color castaño que la rodeaban. Estaba pensativa y se sentía muy sola, acobardada y algo atemorizada.
Llamó el teléfono. Tras frenética busca lo localizó bajo un panel, en la parte superior de la mesa, pero al ir a tomarlo ya había dejado de sonar.
La señorita Boltz volvió a examinar la mesa, en­contrando otro panel que protegía los mandos de la TV. Había cuatro diales, cada uno de ellos nume­rados del cero al nueve. Sin casi pensarlo calculó el posible número de canales en 9.999. Probó varios nú­meros sin que nada apareciera a la pantalla excepto el canal 0001 que indicaba un anuncio: «LAS CLASES COMIENZAN EL LUNES DÍA 9 DE SEPTIEMBRE. LA MATRÍCULA ESTÁ ABIERTA. DEBE USTED MATRICULARSE PARA PODER RECIBIR EL CERTIFICADO DE GRADUACIÓN».
Llamaron a la puerta. Entró un hombre de cabellos grises, aproximadamente de cincuenta años de edad y de aspecto amable, el cual se presentó seguidamente como Jim Pargrin, ingeniero jefe.
Se sentó al borde de la mesa sonriendo a la seño­rita Boltz.

— Temía que se hubiese usted perdido. Telefoneé, pe­ro nadie contestó — dijo.
— Cuando di con el teléfono usted ya había colgado — respondió la señorita Boltz.

El hombre tosió para disimular, diciendo luego se­riamente:

— De modo que usted es la marciana. ¿Sabe usted adónde ha venido?
— ¿Le han enviado a usted aquí para atemorizarme?
— Yo no atemorizo a nadie como no sea a los nue­vos ingenieros. Sólo me preguntaba…, pero no tiene im­portancia. Venga conmigo a su estudio y se lo explicaré todo.

Salieron pasando al caminar por varias filas de des­pachos, y en cada habitación se notaba una enorme ventana de cristal orientada hacia el pasillo. La seño­rita Boltz recordó al momento el acuarium de Marte, donde algunas veces llevaba a sus alumnos para en­señarles la extraña vida marina de la Tierra.
Pargrin abrió con llave una puerta y luego se la entregó.

— 6.439 — dijo —. Es un largo camino desde su despa­cho, pero por lo menos está en la misma planta.

Una fea mesa de despacho, negra, con patas metá­licas estaba situada ante un estrecho encerado. La cá­mara enfocaba desde la pared opuesta y junto a ella había una pantalla piloto. Pargrin abrió la caja de con­trol y rápidamente las luces cegaron a la señorita Boltz.

— Como usted es profesora de inglés todos se ima­ginan que no necesita ningún equipo especial — dijo —. ¿Ve usted estos botones? El número uno le proporcio­na el enfoque sobre el encerado y aproximadamente llega hasta el espacio delimitado por esa línea del suelo. El número dos da un primer plano de la mesa. El número tres es un primer plano del encerado. ¿Es­tá dispuesta a probar?
— Por ahora no entiendo absolutamente nada.

El hombre pulsó otro interruptor y dijo:

— ¡Ya está!

La pantalla piloto se iluminó. Al mirarla, la señori­ta Boltz vio a una mujer de mediana edad de aspecto melancólico que también la miraba a ella…, dándose cuenta que era ella misma, pero cruelmente vieja. El vestido que había comprado con tanto cuidado y que tan caro le había costado el día anterior aparecía en la pantalla como un mosaico de repulsivos colores. Su rostro estaba sorprendentemente pálido. Se dijo a sí misma con tristeza, que en realidad tenía que haber estado más tiempo en la terraza de sol antes de ve­nir de Marte.

— Pruebe ahora el número dos — le indicó Pargrin.

La señorita Boltz se sentó frente a la mesa de des­pacho y oprimió el botón número dos. La cámara se movió, contemplándose la profesora a sí misma en un primer plano, quedando estremecida al verse otra vez. El número tres, con ella ante el encerado, también le dio una visión desagradable.
Pargrin desconectó la cámara y cerró la caja de control.

— Aquí junto a la puerta es donde usted empieza — dijo —. Si no ha presionado usted este botón a las diez y cuarto, su clase quedará automáticamente cancelada. En otro caso…, debe usted salir inmediatamen­te cuando su clase haya terminado a las once y cuarto a fin que pueda prepararse el siguiente profesor para la clase de las once y media. Consideramos una buena costumbre dejar limpio el encerado y todas las demás cosas. Lo necesario para todo ello está en la mesa. ¿Que­da todo bien claro?
— Supongo que sí — respondió la señorita Boltz —. A menos que pueda usted decirme cómo voy a enseñar inglés hablado y escrito sin escuchar ni ver a mis alum­nos.

El hombre guardó silencio mientras abandonaban el estudio. Cuando llegaron al despacho de la señorita Boltz, dijo:

— Sé lo que piensa usted. Pero las cosas son ahora muy diferentes de cuando yo era un muchacho. En­tonces la TV era algo que se miraba cuando la familia se lo permitía a uno; también se asistía a la escuela en compañía de otros chicos. Pero ahora todo es dis­tinto, y al parecer, da resultado. Por lo menos la gen­te importante así lo cree. De todas maneras, bien…, le deseo mucha suerte.

La señorita Boltz caminó hacia su mesa y pensativa abrió el libro titulado Técnicas y procedimientos de la enseñanza por televisión.


A las diez y cinco minutos de la mañana siguiente, la señorita Boltz ya estaba en su estudio. Fue recibida con el encendido de una luz blanca sobre la pantalla piloto. Se sentó ante la mesa, y luego de oprimir el botón número dos enlazó ambas manos y esperó.
Exactamente a las diez y cuarto, la luz blanca cam­bió a roja, y desde la pantalla piloto su propia imagen la miró con un aire de desaprobación.

— Buenos días — dijo —. Éste es el décimo grado de inglés. Soy la señorita Boltz.

Había decidido dedicar la primera clase a su pro­pia presentación. Aunque nunca llegaría a conocer a sus miles de alumnos, creyó que cuando menos ellos debían saber algo sobre ella. Consideró que les debía tal atención.
Les habló sobre sus años de enseñanza en Marte, cómo los alumnos asistían a clase en grupos y que solamente eran veinte o veinticinco en cada una, en vez de ser cuarenta mil a través de la televisión. Des­cribió el tiempo de recreo, durante el cual los estu­diantes que abandonaban la protección de la cúpula tenían que usar máscaras de oxígeno para poder respi­rar. Relató las excursiones al campo, cuando la cla­se y o veces toda la escuela salía a estudiar la flora marciana y las rocas o las formas del terreno. Y tam­bién les explicó que sus alumnos marcianos solían ha­cerle preguntas respecto de la Tierra.
Los minutos transcurrían aburridamente. La seño­rita Boltz se sentía como prisionera bajo el implacable objetivo de la cámara y su imagen en la pantalla piloto empezó a parecerle la de una persona asustada y atemorizada. Nunca había pensado que la enseñanza po­día exigir, con ese sistema, un terrible esfuerzo.
Tardó en llegar el final de la hora más de lo que había supuesto. Sonrió débilmente y la pantalla piloto reflejó la caricatura de una sonrisa.

— Volveré a estar con ustedes mañana — dijo —. Bue­nos días.

La luz roja cambió a blanca. La señorita Boltz dio una última mirada a la cámara y salió huyendo.
Se encontraba sentada ante la mesa de su despacho luchando denodadamente por contener las lágrimas, cuando llegó a visitarla Jim Pargrin.

— ¿Ocurre algo? — preguntó.
— Debí haberme quedado en Marte.
— ¿Por qué motivo? Ha tenido usted un comienzo magnífico.
— Creo que no.
— Yo sí — dijo él sonriéndole —. Tomamos una muestra Trendex de usted esta mañana en los últimos diez minutos. Siempre lo hacemos cuando viene un nuevo profesor. La mayor parte de los alumnos empiezan las clases que se les indican, pero si el profesor no es de su agrado cambian de canal inmediatamente. Y así pro­bamos este extremo al final de la primera hora para observar el resultado. Wilbings pidió un Trendex so­bre usted y estuvo con nosotros cuando lo tomamos. Creo que se sintió decepcionado…

El hombre tosió alegremente y añadió tras una pausa:

— Dio una fracción por debajo de cien, lo que prácti­camente es perfecto.

Pargrin salió antes que la señorita Boltz pudiese darle las gracias, y al volver nuevamente a la mesa de despacho su depresión moral había desaparecido como por arte de magia. Alegremente se concentró en la ta­rea de tomar numerosas notas sobre el décimo curso de inglés.
No puso ninguna objeción al plan básico, que era sencillo, bien construido y a veces hasta lógico. Pero los ejemplos, la escasa lista de relatos, novelas, y dra­mas que se mencionaban como lecturas suplementa­rias resultaban realmente increíbles.
«Obras que se recomiendan» decía el plan de estu­dios No puedes casarte con un elefante, de H. N. Var­ga. Y luego comentaba: «Esta deliciosa farsa…»
La señorita Boltz tachó estas últimas líneas con firmes trazos de su pluma y escribió al margen: El mercader de Venecia, W. Shakespeare. Luego sustituyó por la obra de Dickens Historia de dos ciudades la de Mantas de silla y seis pistolas, una emocionante novela del viejo oeste escrita por Percival Oliver. No encontró nada relacionado con la poesía, por lo que la señorita Boltz anotó unas cuantas. Continuó escribiendo sobre el plan de estudios sin preocuparse en absoluto por ello. ¿No decía el manual que debía haber originalidad en los profesores?
A la mañana siguiente, cuando empezó a recorrer el pasillo para dirigirse a su estudio ya no estaba ner­viosa.


La soledad de su austero despacho y la frialdad del edificio la deprimían tanto que decidió preparar las clases en su apartamento. Tardó casi veinte días para poder encontrar el camino que conducía al décimo piso, don­de había una cafetería. Al esperar su turno ante las máquinas expendedoras, los jóvenes profesores y las radiantes profesoras que la rodeaban la hicieron sen­tirse casi prehistórica.
Se levantó una mano para saludarla cuando miró hacia las mesas. Jim Pargrin se puso en pie y le tomó la bandeja. Un hombre más joven la ayudó a sentarse. Después de tantas horas de soledad, tal solicitud la dejaba sorprendida.

— Es mi sobrino — dijo Pargrin, presentando al jo­ven —, Lyle Stewart. Enseña física… La señorita Boltz es la profesora de Marte.

Era un joven de tez morena y bien parecido con una sonrisa siempre en los labios. La señorita Boltz le dijo que estaba muy contenta de conocerle; y en rea­lidad decía lo que sentía.

— ¡Vaya…, pero si es usted el primer profesor con quien hablo aquí! — exclamó ella.
— Bien, en general nos ignoramos los unos a los otros — comentó Stewart —. Supongo que es una es­pecie de atavismo antagónico que aún prevalece y…
— Pero yo creía que existía cierta cooperación…

El joven movió la cabeza negativamente y dijo:

— Supongamos que inventa usted algo bueno y efec­tivo. En consecuencia tiene usted un alto Trendex y los demás profesores se dan cuenta de ello. Entonces es casi seguro que observen sus clases y si pueden ro­barle sus sistemas sin duda alguna lo harán. Luego qui­zá llegue el momento en que usted observe las clases de los demás para ver si les puede robar algo y se asom­brará al darse cuenta que ya se lo habían robado a usted, y que están empleando las técnicas suyas. Na­turalmente a usted no le gustará esto. Todavía tenemos aquí profesores que están complicados en apropiación de técnicas ajenas, sujetos por ello a procedimiento le­gal; y otros acusados de comportamiento dudoso. Por eso lo mejor que podemos hacer es no tratarnos ni ha­blarnos.
— ¿Qué le parece todo esto? — preguntó Pargrin.
— Echo de menos a mis alumnos — dijo la señorita Boltz —. Me preocupa no poder conocerlos y compro­bar sus progresos.
— Procure no dejarse influir por algo tan abstracto como eso que usted llama «progreso» — advirtió Ste­wart amargamente —. La Nueva Educación lo ve de esta otra forma: sometemos al niño al tema o sujeto más conveniente. Este sentimiento se realiza en su ca­sa, que es el ambiente más adecuado y natural para él. Asimilará lo que le permita su capacidad individual y no nos corresponde profundizar más que eso.
— El niño carece del sentido de la superación…, sin incentivos para aprender — protestó la señorita Boltz.
— En la Nueva Educación esos dos factores no tie­nen importancia. Luchamos sencillamente por la téc­nica, que ha hecho de la publicidad un factor tan im­portante en nuestra economía. Llamar y sostener la atención del público y hacer que la gente compre aun en contra de su deseo. En nuestro caso llamar y soste­ner la atención del alumno haciendo que aprenda, le guste o no.
— Pero el estudiante no aprende así ningún valor so­cial.

Stewart se encogió de hombros. Luego añadió:

— Por otra parte, la escuela no tiene problemas de disciplina. No estamos obligados a supervisar actividades extraescolares. Tampoco hay problemas relacionados con el transporte de los chicos a la escuela y a sus ca­sas. ¿Todavía no está usted convencida?
— ¡Por supuesto que no!
— Pues procure guardar para usted su opinión. Y en­tre nosotros…, le diré a usted cuál es el factor más im­portante en la filosofía de la Nueva Educación: el di­nero. En lugar de invertir una enorme fortuna en edi­ficios y terrenos, con miles de escuelas que mante­ner, nosotros disponemos de un estudio de TV. Aho­rramos un inmenso capital en honorarios del profeso­rado ya que utilizamos un solo profesor para miles de alumnos en vez de destinar uno para cada grupo de treinta o cuarenta. Los chicos y chicas más inteligentes, los más dotados, siempre aprenderán por mal que se les enseñe; y eso es todo lo que necesita nuestra civi­lización…, unas cuantas personas inteligentes que cons­truyan muchas máquinas también «inteligentes». Ade­más, la tarifa que se cobra por las clases es la más baja del último siglo y medio.

El joven profesor empujó su silla hacia atrás y se puso en pie.

— Me alegro mucho de conocerla, señorita Boltz. Pue­de que seamos amigos. Como usted es profesora de in­glés y yo de física, no es probable que podamos robar­nos nada. Ahora tendré que inventar alguna nueva téc­nica, porque mi Trendex está un poco bajo.

La señorita Boltz observó pensativamente la mar­cha del joven profesor y al final comentó:

— Creo que trabaja demasiado.
— La mayor parte de los profesores no tienen con­tratos como el de usted — dijo Pargrin —. Pueden ser despedidos en cualquier momento. Al finalizar el cur­so, Lyle quiere trabajar en una industria y es posible que le sea difícil encontrar trabajo, si aquí le despi­den.
— ¿Abandona la enseñanza? ¡Qué desatino!
— En la enseñanza no hay ningún porvenir.
— Siempre hay un futuro para un buen profesor.

Pargrin movió la cabeza en ademán de duda y dijo:

— Mire a su alrededor. Los profesores son todos jóvenes. Están aquí mientras pueden porque la paga es buena, pero llega un momento en que la seguridad es mucho más importante que el dinero. De todas formas, en un futuro no muy lejano no habrá profesores. El Distrito Central está ahora mismo ensayando experimentos con clases filmadas. Tome usted un buen profesor, filme un año de su trabajo y ya no lo necesitará usted más. Se proyectan una y otra vez las mismas películas. Insisto, hay poco porvenir en la enseñanza. ¿Recibió usted ya su copia de los índices Trendex?
— No. ¿Es que debo recibir una copia?
— Se distribuyen cada dos semanas. Se han repar­tido ayer.
— No me han entregado nada.

Pargrin gruñó mirando a la señorita Boltz con ex­presión de disculpa.

— Wilbings cuando quiere puede convertirse en un elemento peligroso. Posiblemente espera tomarla a usted por sorpresa.
— Temo que no comprenderé esos índices.
— No hay en ellos nada complicado. En un período de dos semanas tomamos mil muestras de los alum­nos de un profesor. Si todos ellos miran y escuchan sus clases con atención, el Trendex del profesor es de 100. Si solamente ven y oyen sus clases la mitad, entonces el Trendex es de 50. Si el Trendex de un profesor desciende a 20 inmediatamente queda despedido por incompetente.
— Entonces…, veamos. ¿No tienen obligación de aten­der a la clase los alumnos que no lo desean?
— Sus padres deben proporcionarles los aparatos de televisión — dijo Pargrin —. Ellos tienen que preocu­parse para que sus hijos estén presentes durante las se­siones correspondientes a sus clases, pero no son res­ponsables del hecho que asistan o no a una determinada cla­se en particular. Si así fuera, tendrían que vigilarles continuamente y los tribunales han dictaminado que esto sería absurdo. Lo sería igualmente adquirir apa­ratos que funcionaran solamente para canales concre­tos; y aun si esto ocurriera, los alumnos también po­drían escuchar las clases que recibirían en otro mo­mento. En consecuencia, los alumnos están en su casa con sus aparatos de TV encendidos, pero si no les agra­da la clase de usted pueden ver y escuchar otra cual­quiera. Ahora se dará usted cuenta de lo importante que es para un profesor lograr que sus clases sean intere­santes.
— Entendido. ¿Cuál fue el resultado de mi Tren­dex?

Pargrin miró hacia un lado y respondió:

— Cero.
— ¿Quiere usted decir que…, que nadie me escuchó? Creí haber hecho las cosas correctamente.
— Quizá el primer día hizo usted algo que les inte­resó. Tal vez luego se cansaron de eso. A veces ocurre así. ¿Ha presenciado usted las clases de algún otro pro­fesor?
— En absoluto. Estuve tan ocupada que no he tenido tiempo de pensar en eso.
— Puede que Lyle tenga alguna idea para usted. Le diré que se reúna con nosotros en el despacho de usted para la clase de las dos. Y luego, bien…, ya veremos.

Lyle Stewart extendió algunos papeles sobre la mesa, frente a la señorita Boltz, inclinándose sobre ellos.

— Estos son los índices Trendex — dijo —. Supongo que tendrá usted una copia.

La señorita Boltz miró la lista de nombres, fijándose inmediatamente en el suyo. «Boltz, Mildred. Décimo gra­do de inglés. Hora: 10.15. Canal 6.439. Cero. Promedio del año: cero.»

— El tema se relaciona con los trucos que pueda usted utilizar — dijo Stewart —. Aquí tenemos a una tal Marjorie MacMillan a las dos en punto. Enseña el décimo primer grado de inglés, y su Trendex es de sesenta y cuatro. Muy alto por cierto. Veamos cómo actúa.

Seguidamente Stewart manejó los diales.
Con exactitud matemática, a las dos en punto Mar­jorie MacMillan apareció en la pantalla y la primera impresión de sorpresa de la señorita Boltz fue ver que la profesora empezó a desnudarse. Sus zapatos y me­dias estaban cuidadosamente colocados en el suelo. En aquel momento comenzaba a deslizar la cremallera de su blusa. La profesora miró hacia el objetivo de la cámara.

—¿Qué es lo que hacen ahí, pillines? Creí que es­taba sola —dijo en un tono cariñoso.

Se trataba de una rubia esbelta y muy bonita. Su perfil ponía de relieve unas curvas fabulosas. Sonrien­do, echó hacia atrás la cabeza y comenzó a alejarse de puntillas, al tiempo que decía con el mismo tono de voz:

— ¡Oh, bien, mientras esté entre amigos…!

La blusa cayó al suelo y lo mismo ocurrió con la falda. La profesora permaneció durante un segundo ante la cámara ataviada solamente con unos shorts y un sujetador. La cámara resaltaba sus colores oro y es­carlata perfectamente. La profesora caminó por su es­tudio iniciando unos pasos de danza y al pasar junto a su mesa de despacho tocó uno de los mandos que in­mediatamente enfocó al encerado en un primer plano.

— Es hora de ponernos a trabajar —dijo la rubia profesora de inglés—. Esto se llama «oración grama­tical»…

Se puso a leer en voz alta al mismo tiempo que escribía en el encerado:

— El… hombre… corrió… calle… abajo. Correr calle abajo, esto es lo que hizo el hombre. Se trata de una oración, ¿entienden?

La señorita Boltz dejó oír una protesta:

— ¿Décimo primer grado de inglés? — interrogó.
— Ayer hablamos de los verbos — dijo a continuación Marjorie MacMillan —, ¿lo recuerdan? Seguro que no pusieron mucha atención. Quizá ahora tampoco están prestándome la atención debida.

La señorita Boltz abrió la boca con asombro, que­dando estupefacta. De pronto el sujetador se desabro­chó tomándolo la señorita MacMillan precisamente a tiempo para que no cayera al suelo.

— Casi lo he perdido esta vez — dijo sonriendo —. Puede ser que lo pierda definitivamente uno de estos días. Y ustedes, granujillas, están deseando que ocurra tal cosa, ¿verdad? Es mejor que presten atención. Aho­ra estudiemos otra oración.

La señorita Boltz dijo con calma:

— Todo esto no es adecuado para mí, ¿verdad?

Stewart apagó la pantalla y dijo:

— Su alto índice no durará mucho. Tan pronto como sus alumnos comprendan que la profesora realmente no va a perder esa prenda…, pero observemos ahora a otro profesor. Décimo grado de inglés. Profesor varón. Cua­renta y cinco en su Trendex.

Era un hombre joven, bastante bien parecido e inte­ligente. En ese momento mantenía en equilibrio sobre su nariz un trozo de tiza. A continuación hizo juegos malabares con dos borradores. Luego realizó algunas imitaciones. Más tarde empezó a leer la obra clásica mo­derna Mantas de silla y seis pistolas haciéndolo muy bien y representando varios papeles de la obra con un arte consumado, arrastrándose detrás de su mesa para disparar imaginariamente seis tiros a la cámara. El es­pectáculo resultaba auténticamente real.

— A los chicos les gusta — dijo Stewart —. Probable­mente su clase dure mucho tiempo. Ahora veamos si hay alguien más.

Efectivamente, había un profesor de historia, se tra­taba de una mujer joven, de aspecto tranquilo, dotada de gran talento artístico. Dibujó magníficas caricaturas y otros esquemas en el encerado animándolos con una aguda y chispeante conversación. Había también un pro­fesor de economía que hacía notables juegos de manos con naipes y monedas. Había asimismo dos mujeres jó­venes cuyo sistema se aproximaba mucho al utilizado por Marjorie MacMillan, aunque en menor escala. Sus índices también eran bastante más bajos.

— Esto es suficiente para que tenga usted una idea de lo que tendrá que luchar — dijo Stewart.
— Un profesor o profesora que únicamente sabe ense­ñar se encuentra aquí en enorme desventaja — dijo pen­sativa la señorita Boltz —. Estos profesores no son otra cosa que actores. No enseñan a sus alumnos…, sólo les divierten.
— Tienen que referirse al tema principal de sus cursos. Si los alumnos están pendientes de la pantalla, sin duda algún «algo» aprenderán.

Jim Pargrin había permanecido en silencio mientras por la pantalla pasaba uno y otro profesor. Se puso en pie moviendo alternativamente su cabeza.

— Comprobaré lo que hay en el departamento de ingeniería. Quizá pueda enseñarle algunas películas. Nor­malmente esto no está bien visto en algunos sectores ya que no tenemos personal ni medios de hacerlo para todos, pero creo que lo podré conseguir.
— Gracias — dijo la señorita Boltz —. Es usted muy amable. Y gracias también a usted Lyle, por ayudar en una causa perdida.
— La causa no está perdida mientras siga usted tra­bajando.

Salieron Pargrin y Stewart juntos. Después de haber cerrado la puerta la señorita Boltz permaneció sentada ante la blanca pantalla de TV preguntándose por cuánto tiempo seguiría trabajando.


Durante veinticinco años en el desolado e inhospi­talario Marte, había soñado con la Tierra. Había ima­ginado caminar descalza sobre la blanca hierba, ro­deada por árboles verdes llenos de vegetación; y en lo alto, en vez de divisar una atmósfera enrarecida, poder admirar un interminable horizonte azul. Había perma­necido en el ávido desierto marciano soñando también con océanos que se perdiesen en el infinito.
Ahora se hallaba de vuelta a la Tierra y viviendo en una complicada ciudad del este de los Estados Unidos. Las calles y edificios parecían amenazar los diminutos parques. El cielo azul estaba casi oscurecido por el tráfico aéreo. Había visto el océano una o dos veces antes de descender a tierra.
Mas allí estaban efectivamente los campos verdes, los lagos, los ríos y los océanos. Sólo tenía que salir e ir a ellos. Pero en lugar de hacerlo trabajaba. Se esclavi­zaba preparando los temas de su clase. Había pasado muchas horas leyendo, revisando y reuniendo sus es­critos; y más tiempo ensayando meticulosamente, prac­ticando sus lecciones antes de presentarlas al ojo devorador de la cámara.
Y nadie la había visto ni oído su voz. Durante aque­llas dos primeras semanas sus alumnos se habían ale­jado de ella a decenas, a cientos y miles, hasta haberlos perdido a todos.
Se encogió de hombros haciendo un esfuerzo por di­simular su tristeza y seguidamente se concentró en la lectura de El mercader de Venecia. Jim Pargrin la ayudó luego personalmente a hacer excelentes películas de material de fondo y escenas de la obra.
La señorita Boltz dijo suavemente:

— ¿No es una lástima mostrar estas cosas tan mara­villosas cuando nadie quiere verlas?
— Yo las veo — respondió Pargrin —. Y disfruto con ellas.

Los amables ojos del hombre la estremecieron al re­cordarle algo de hacía mucho tiempo…, al joven apuesto que la había despedido para ir a Marte y la había mirado de aquella misma manera, prometiéndole reu­nirse con ella en cuanto terminara sus estudios de ingeniería. La había besado al despedirse y la única noticia que tuvo de él fue que había muerto en un estúpido accidente. Fueron largos años los que habían transcurrido entre esas afectuosas miradas para la seño­rita Boltz; pero ella nunca los consideró años vacíos. Jamás pudo pensar en la enseñanza como una ocupa­ción poco remuneradora y sin porvenir hasta encon­trarse en una pequeña habitación frente a una cámara que la enfocaba.
Pargrin la llamó cuando se distribuyeron los nuevos índices.

— ¿Recibió usted una copia? — preguntó.
— No.
— Le conseguiré una y se la enviaré.

Así lo hizo, pero ella sabía sin mirarla que los índices de Boltz, Mildred, inglés, décimo grado, se­guían siendo cero.
Buscó tratados relacionados con la enseñanza por TV. Los libreros estaban repletos de ejemplares relativos a aquellos temas que se prestaban, naturalmente, a su presentación visual; pero ofrecían muy poca ayuda a la enseñanza del décimo grado de inglés.
Recurrió a los diarios de tipo educativo y estudió los problemas de la Nueva Educación. Leyó cosas sobre la libertad del individuo y el derecho del estudiante a recibir la educación en su propio hogar, sin ser moles­tado por las distracciones sociales. Leyó también sobre los peligros psicológicos de la competencia en la ense­ñanza y los males causados por las normas anticuadas; y asimismo se enteró de los inconvenientes que ofre­cían los grupos de educación ya pasados de moda y su desdichada contribución a la delincuencia.
Pargrin le entregó otro índice Trendex. La señorita Boltz forzó una sonrisa.

— ¿Cero otra vez? — preguntó.
— Bueno…, no exactamente.

Miró al papel y parpadeó. Volvió a mirarlo nueva­mente. Su índice era de 1…, la décima de uno por ciento. ¡Sólo tenía un alumno! En aquel momento hu­biese dado todos los beneficios de su retiro por el privilegio de conocer personalmente a aquel leal jovencito.

— ¿Qué supone usted que decidirán? — preguntó.
— El contrato de usted no es ninguna broma. Wilbings no ejercerá ninguna acción hasta asegurarse del hecho que tiene el caso ganado.
— De todos modos siempre es agradable saber que por lo menos cuento con un alumno. ¿Cree usted que tendré más?
— ¿Por qué no pide que le escriban? Si recibiera usted muchas cartas podía aportarlas como prueba.
— No me preocupan las pruebas — dijo la señorita Boltz —, pero pediré que me escriban. Gracias.
— Señorita…, ¡ah…!, Mildred…
— ¿Sí?
— Nada. Quiero decir, ¿tendría usted inconveniente en cenar conmigo esta noche?
— Ninguno. Por el contrario, encantada.


Transcurrió una semana antes de decidirse a pedir a sus alumnos que le escribieran. Sabía muy bien por qué dudaba. Temía no recibir ninguna carta.
Pero llegó ese día y cuando faltaba un minuto para que terminara la clase tuvo tiempo de enlazar ambas manos y sonreír ante la cámara. Luego dijo:

— Me gustaría pedirles un favor. Quiero que cada uno de ustedes me escriban una carta. Cuéntenme algo de ustedes mismos. Díganme si les gustan o no las cosas que estamos estudiando. Me conocen todos, pero yo no conozco a ninguno. Se lo ruego, escríbanme.

Recibió once cartas. Las abrió cuidadosamente le­yéndolas con mucho interés. Luego reanudó su lección de Historia de dos ciudades con renovada confianza.
Llevó las cartas a Jim Pargrin, y cuando él terminó de leerlas, la señorita Boltz dijo:

— Tiene que haber miles como estos chicos inte­ligentes…, ansiosos de aprender si no estuviesen como drogados por este entretenimiento que los conduce a una indiferencia pasiva.
— ¿Ha tenido usted alguna noticia de Wilbings?
— Ninguna.
— Me ha pedido que tome su próximo Trendex sobre dos mil ejemplos. Le dije que necesitaba una orden especial de la Junta. Dudo que se moleste en hacerlo.
— Probablemente estará ya dispuesto a emprender al­guna acción en contra mía.
— Eso me temo —dijo Pargrin—. Tenemos que ir pensando en preparar una defensa para usted. Necesi­tará un abogado.
— No sé si podré defenderme. Quizá sea mejor que me establezca como profesora particular.
— Hay escuelas particulares, ya lo sabe usted. Los que pueden hacerlo envían allí a sus hijos, pero los que no pueden, no le pagarán, aunque los envíen.
— Me da lo mismo. Cuando tenga tiempo llamaré a los niños que me escribieron.
— Se espera el próximo Trendex para el lunes —dijo Pargrin—. Posiblemente entonces tenga noticias de Wilbings.


Wilbings la llamó el lunes por la mañana. La señorita Boltz no le había visto desde el primer día, pero su raro aspecto y sus estudiados modales se le habían quedado firmemente grabados en la memoria.

— ¿Está usted ya familiarizada con los índices Tren­dex? — preguntó.

Como la señorita Boltz sabía que el hombre había tratado deliberadamente de ocultárselos, movió la ca­beza negativamente con expresión de gran inocencia.
El señor Wilbings le explicó pacientemente la técnica de los índices y su finalidad.

— Si el Trendex es tan valioso como usted indica — dijo la señorita Boltz —, ¿por qué no permite usted que los profesores se enteren de sus índices respectivos?
— Los conocen. Reciben una copia de cada uno.
— Yo no he recibido ninguna.
— Probablemente la habrán pasado por alto debido a que es este su primer curso. Sin embargo, las tengo yo todas, excepto la de hoy; y ésa me la enviarán tan pronto como esté preparada. Puede verlas todas si us­ted gusta.

A continuación el señor Wilbings las examinó una por una señalando intencionadamente los ceros. Cuando llegó al índice de 1 se detuvo.

— ¿Lo ve usted, señorita Boltz? De todos los miles de ejemplos que hemos tomado llegamos a la conclusión que sólo hay un alumno que la escucha. El suyo es, desde luego, el peor índice que hemos tenido en esta escuela. Debo exigirle que se retire voluntariamente; y si se niega usted a ello entonces no me quedará más remedio que…

El hombre se detuvo cuando su secretaria entró de puntillas con el nuevo Trendex.

— Sí, gracias — murmuró el señor Wilbings —. Aquí lo tenemos… Boltz, Mildred…

El dedo del señor Wilbings quedó grotescamente suspendido en el aire. Una especie de parálisis parecía haberle suprimido la facultad de hablar. La señorita Boltz buscó su nombre en el Trendex y siguió la línea marcada a la derecha para leer su índice.
Era de veintisiete.

— Evidentemente he mejorado — se oyó decir a sí misma —. ¿Hay algo más?

El señor Wilbings tardó un momento en recuperar la voz y cuando lo hizo su tono fue ligeramente chillón.

— No, nada más.

La señorita Boltz salió a la oficina exterior y siguió escuchando la voz del señor Wilbings, que casi gritaba ante el teléfono que comunicaba con su secretaria.

— ¡Pargrin! ¡Quiero que venga Pargrin inmediata­mente!


Pargrin la estaba esperando en la cafetería.

— Todo ha salido bien, ¿verdad? Bueno, lo supongo — dijo con estudiada indiferencia.
— Demasiado bien.

La señorita Boltz se llevó un bocadillo a la boca para comérselo apetitosamente.

— Jim, ¿por qué lo hizo usted? — preguntó al cabo de unos instantes.

Pargrin se ruborizó.

— ¿Hacer qué?
— Alterar mi Trendex de esa forma.
— Nadie puede modificar un Trendex. Es imposible. Wilbings bien lo sabe.

Hubo un silencio y luego añadió con calma:

— ¿Cómo se ha enterado usted?
— Es la única explicación razonable; pero no debía haber hecho nunca eso. Podría traerle dificultades y debe usted darse cuenta que lo único que está ha­ciendo es retrasar lo inevitable. En el próximo índice aparecerá nuevamente un cero.
— Eso no importa. Wilbings actuará de todos modos, pero ahora ya no se mostrará tan impulsivo.

Comieron en silencio hasta que llegó el camarero de la cafetería con un recado urgente del señor Wilbings para que el señor Pargrin acudiese a su despacho.
Pargrin guiñó maliciosamente un ojo a la señorita Boltz.

— Creo que voy a disfrutar con esto — dijo —. ¿Estará usted esta tarde en su despacho?

Ella movió la cabeza negativamente y respondió:

— Iré a visitar a mis alumnos.
— Entonces la veré mañana.

La señorita Boltz siguió con la vista la marcha de Pargrin quedando pensativa y temiendo que fuese a te­ner un disgusto serio con Wilbings por causa de su índice.
En la terraza de aterrizaje de la azotea rogó al em­pleado que llamase un taxi aéreo. Mientras esperaba extrajo de su bolso una carta y volvió a leerla:
«Mi nombre es Darrel Wilson. Tengo dieciséis años y me veo obligado a permanecer en mi cuarto casi siempre porque tengo la enfermedad de Redger y parte de mi cuerpo está paralizado. Me gusta su clase, y, por favor, ¿no podríamos disfrutar un poco más de Sha­kespeare?»

— Aquí está su taxi, señora.
— Gracias — dijo la señorita Boltz.

Guardó nuevamente la carta en su bolso y subió con rapidez por la pequeña rampa que conducía al mismo vehículo.


Jim Pargrin se rascó la cabeza, asombrado, y la miró.

— ¡Vaya…, vaya! ¿Qué es esto? ¿Una sala de clases?
— Tengo nueve estudiantes que vienen aquí todos los días para asistir a clase. Necesitaré disponer de algún lugar para enseñarles.

Pargrin tosió suavemente.

— ¡Wilbings va a sufrir un ataque cardíaco! — ex­clamó.
— Mis clases de TV solamente me llevan cinco horas a la semana y ya tengo planeado todo el trabajo del curso. No creo que nadie ponga dificultades para que yo pueda dar clases a un grupo selecto de alumnos en mis horas libres.

La señorita Boltz hizo una pausa y añadió emocio­nada:

— Estos chicos me necesitan.

Eran muchachos maravillosos, inteligentes, pero de­seaban hacer preguntas, coordinar sus pensamientos, expresar sus sentimientos, y que alguien comprendiese sus problemas individuales con simpatía. Se necesitaban los unos a los otros. Decenas de miles, cientos de miles de chicos bien dotados estaban anquilosados intelectual y emocionalmente en la fría soledad de sus clases de TV.

— Wilbings no se enfadará si no se entera — dijo Par­grin — y espero que no se entere. Pero…, ¿una sala para un grupo? No hay ninguna en todo el edificio. Podría usted usar un estudio grande. Pondríamos una cortina sobre el cristal de la ventana para que nadie pudiera molestarla. ¿A qué horas serían las clases?
— Todo el día. De nueve a tres. Los chicos traerán aquí sus almuerzos.
— Bien…, bien…, pero no olvide usted su clase de TV. Aunque nadie la escuche.
— No la olvido. Mis alumnos emplearán esa hora para repasar sus ejercicios. A no ser que le sea a usted posi­ble arreglar las cosas para que yo pueda dar mi clase de TV en ese estudio grande.
— Sí, puedo hacerlo.
— ¡Maravilloso! No sé cómo darle las gracias.

El señor Pargrin se encogió de hombros y, tímida­mente, miró a otro lado.

— ¿Tuvo usted algún inconveniente con el señor Wil­bings? — preguntó la señorita Boltz.
— No muchos. Creyó que el Trendex de usted era el resultado de una equivocación. Como yo no recibo ni tomo los índices personalmente, lo mejor que pude hacer fue decirle que consultara con el ingeniero Trendex.
— Entonces debo aprovechar el tiempo que me queda. Empezaré mi clase mañana.


Tres de los estudiantes llegaron en sillas de ruedas. Ella era una encantadora y sensible muchacha que ha­bía nacido sin piernas y, aunque tenía unas de orto­pedia no le gustaba llevarlas. Darrel y Charles sufrían la enfermedad de Redger. Sharon era ciega. Los programadores de la TV no habían podido interesarla con sus trucos, ni tampoco aquellos extraños profesores que más bien eran actores; pero Sharon escuchaba cada palabra de la señorita Boltz con ansiosa expresión re­flejada en sus facciones.
El nivel de inteligencia de aquellos chicos superaba en mucho a todos los conocidos por la señorita Boltz en sus largos años de experiencia. Se sentía algo incó­moda y con cierta aprensión, pero reaccionó inmedia­tamente al mirar esos rostros tan alegres en la primera mañana de darles la bienvenida con la audaz aventura que ella iniciaba sobre la Antigua Educación.
Sharon había llegado con dos compañeros. Jim Pargrin se hizo cargo de los aspectos técnicos de su hora en TV y alegremente dispuso que toda la clase apare­ciese ante la cámara. Y Lyle Stewart, que acababa de encontrar la oportunidad de trabajar con buenos alum­nos, venía por las tardes para dar dos horas de clase sobre ciencias y matemáticas.
La señorita Boltz inició con gran entusiasmo sus clases sobre historia, inglés, literatura y estudios so­ciales. Más tarde, si la clase continuaba, trataría de formar un grupo para lenguas extranjeras. Aquel miér­coles fue el día más feliz que había pasado, desde su regreso a la Tierra.
En la mañana del jueves, un mensajero especial le trajo un sobre que parecía oficial. En efecto, contenía su aviso de despido.

— Ya he oído hablar de eso — dijo Jim Pargrin cuan­do ella le telefoneó —. ¿Para qué fecha es la audiencia?
— El próximo jueves.
— Todo estaba previsto. Wilbings obtuvo permiso de la Junta para tomar un Trendex especial. Incluso hizo venir del extranjero a un ingeniero a fin que se ocu­para de este asunto y para estar seguro del hecho que se reci­birían las dos mil muestras. Necesitará usted un abo­gado. ¿Conoce alguno?
— No. No conozco a casi nadie en la Tierra.

La señorita Boltz suspiró profundamente. Se había sentido tan optimista aquel primer día de auténtica cla­se que este otro choque con la realidad la aturdía. Hubo una pausa y añadió:

— Un abogado costará mucho dinero y lo cierto es que voy a necesitar el poco que tengo.
— Un asunto sencillo como es la audiencia en una Junta de Educación no debe costar mucho. Déjelo de mi cuenta…, le buscaré un abogado.

La señorita Boltz quiso contestar, pero no tuvo tiem­po. Sus alumnos la estaban esperando.


El sábado almorzó con Bernard Wallace, el abogado recomendado por Pargrin. Era un hombre de baja esta­tura, ya mayor, con agudos ojos oscuros que parecían atravesarla cuando la miraban por debajo de unos pár­pados caídos. Durante el almuerzo le hizo varias pre­guntas en tono indiferente; después de dejar a un lado los platos del postre, el abogado, echándose hacia atrás en su silla, empezó a girar un llavero sobre el dedo índice sonriendo a la señorita Boltz.

— Algunas de las mejores personas que he conocido en mi vida han sido mis profesores — dijo —. Creí que esta clase de gente ya se había extinguido.
— También hay en Marte excelentes profesores — dijo la señorita Boltz.
— Seguro. Las colonias contemplan la educación en forma muy distinta. Sería lo mismo que suicidarse si repentinamente adoptasen el sistema de filmación y pro­yección. Pero creo que aquí, en la Tierra, también nos estamos suicidando. La llamada Nueva Educación da resultados que quizá usted no conoce. Lo malo es que los chicos no se educan. Los hombres de negocios tienen que formar a sus nuevos empleados desde un grado primario. También llega el impacto al Gobierno. Una campaña política es aproximadamente lo que queda espe­rar de un electorado que no tiene más que una prepara­ción muy deficiente. Por esto me alegro de hacerme cargo de su caso. No tiene usted que preocuparse por los honorarios. En absoluto.
— Es usted muy amable — susurró la señorita Boltz —, pero ayudar a una profesora, ya mayor, no mejorará mucho las condiciones generales de esta cuestión.
— No le prometo ganar este caso — dijo Wallace seria­mente —, Wilbings tiene todos los triunfos en la mano. Puede ponerlos sobre la mesa, pero usted debe tener los suyos en reserva porque, si bien su mejor defensa consistiría en demostrarles la estupidez de esta Nueva Educación, esto sería contraproducente. No debemos atrevernos a atacar a la Nueva Educación. Esto sería un argumento favorable para la Junta y así lo han man­tenido con éxito ante los tribunales infinidad de veces. Si queremos vencer tenemos que luchar en su propio terreno.
— Eso convierte al asunto en algo sin esperanza, ¿ver­dad?
— Francamente hablando, será difícil ganar.

El abogado extrajo del bolsillo un antiguo reloj de oro para consultarlo. Luego añadió:

— Ignoro por ahora cómo saldremos a flote. Ya le dije que Wilbings tiene todas las cartas buenas, y cual­quier cosa que hagamos precipitadamente la aprovecha­ría para sus fines. Pero reflexionaré sobre ello y puede que se me ocurra alguna sorpresa. Usted concéntrese en la enseñanza y deje para mí las preocupaciones.

Cuando el abogado se retiró, la señorita Boltz pidió otra taza de café para sorberlo lentamente, muy preo­cupada.


El lunes por la mañana tuvo una gran alegría al recibir la visita de tres muchachos y cuatro chicas que se presentaron en su despacho solicitando permiso para asistir a las clases. «Los hemos visto por TV», dijeron, añadiendo que todo les parecía divertido. La señorita Boltz se sintió complacida, pero dudó. Solamente uno de ellos era oficialmente alumno suyo. Tomó el nombre a los demás y los envió a su casa. Sólo permitió que se quedara el que era alumno suyo,
Se trataba de un muchacho larguirucho de unos quin­ce años de edad aproximadamente y, si bien parecía inteligente, había en él cierta reserva melancólica que hizo que la señorita Boltz se sintiera incómoda. Se llamaba Randy Stump.

— Es un nombre extraño, pero me conformo de te­nerlo — murmuró el muchacho.

La señorita Boltz le hizo algunas preguntas sobre Shakespeare y otros nombres; el chico se quedó mirán­dola con la boca abierta, algo asustado.
El primer impulso fue enviarle a su casa como a los demás. Semejante alumno podría desorganizar quizá su clase. Lo que le detuvo fue el pensar que la atractiva profesora de TV, aquél máximo exponente de la Nueva Educación, haría exactamente esto. Enviarle a casa.
Se dijo a sí misma: «Sería una simple profesora de nombre solamente, si no pudiera resolver un sencillo problema de disciplina».
El muchacho se movió nerviosamente cuando la seño­rita Boltz le observó por segunda vez. Era bastante más alto que ella y le pareció ver en aquel chico un buen elemento para realizar una labor verdaderamente interesante.
Caminó a su lado tímidamente cuando ella le acom­pañó hasta el salón de clase, donde se sentó en un pupitre; seguidamente se sumió en una pasmosa inmo­vilidad pareciendo que estuviera al borde de la hipno­sis. Los otros alumnos intentaron que participara en sus discusiones, pero el muchacho hizo caso omiso. Siempre que la señorita Boltz levantaba la cabeza, veía los ojos del muchacho fijos en ella con gran intensidad. Inmediatamente lo comprendió: el muchacho estaba en la clase, pero todavía seguía contemplando instintiva­mente la televisión.
Su hora de TV transcurrió bien. Se formó un grupo para discutir sobre Historia de dos ciudades y la saga­cidad de sus alumnos la encantó. A las once y cuarto en punto se apagó la luz roja. Jim Pargrin alzó una mano saludándola desde atrás de su ventanilla de cristal, respondiendo ella de la misma manera. A continuación comenzó su clase de historia. La señorita Boltz refle­xionaba en hallar algún medio para apartar a Randy Stump de su costumbre televisiva.
Cuando miró a sus alumnos todos ellos dirigían sus ojos hacia la puerta, que se había abierto silenciosa­mente. Una voz seca preguntó:

— ¿Qué es lo que aquí ocurre?

Era Roger Wilbings.
El hombre se quitó las gafas volviendo a colocár­selas nerviosamente. Preguntó de nuevo:

— ¿Puedo saber qué significa todo esto?

Nadie respondió. La señorita Boltz había previsto sus justificaciones para el caso que le llamasen la aten­ción respecto a aquella enseñanza no autorizada, pero la inesperada interrupción la dejó momentáneamente sin habla.

— ¡Señorita Boltz!

La boca del señor Wilbings se abrió y cerró varias veces buscando las oportunas palabras. Hubo un largo silencio y luego añadió:

— He visto a muchos profesores hacer cosas absurdas, pero jamás he visto hacer una como ésta. Me siento muy satisfecho de tener en este momento otra feha­ciente prueba de su incompetencia. No solamente es usted una profesora inepta, sino que evidentemente sufre algún trastorno mental. Ninguna persona razonable hu­biese traído a estos…, estos…

Se detuvo. Randy Stump acababa de salir de su hip­nosis con una fuerte sacudida. Saltó hacia delante, se plantó enérgicamente delante de Wilbings y le gritó:

— ¡Retire inmediatamente lo que acaba de decir!

Wilbings le miró con gran serenidad.

— Vete a casa, muchacho… — dijo.

Su mirada recorrió toda la estancia y añadió:

— Retírense todos a vuestras casas. ¡Inmediatamente!
— No puede usted obligarnos — dijo Randy.

Wilbings decidió hacer uso de toda su autoridad.

— Ningún joven delincuente…

Randy le atacó de pronto. Las gafas de Wilbings vo­laron por el aire quedando destrozadas en el suelo. Tra­tó de responder al ataque, pero el golpe que Randy le aplicó seguidamente produjo en su rostro un ruido seco. El superintendente ayudante se tambaleó hacia atrás cayendo luego sobre el pavimento con un ruido de cris­tales rotos que se esparcieron en el pasillo exterior.
La señorita Boltz se inclinó para ayudarle. Randy permaneció inmóvil y atemorizado.

— Lo siento, señorita Boltz — tartamudeó.
— Estoy segura que sí. Pero ahora…, creo que lo mejor que puedes hacer es irte a casa.

Cuando se llevaron a Wilbings, la señorita Boltz ad­virtió con gran sorpresa que el hombre no pronunciaba ni una sola palabra más, pero la mirada que le dirigió al abandonar la habitación hacía innecesaria toda ulte­rior conversación.
Jim Pargrin llamó inmediatamente a un empleado para que colocara un cristal nuevo.

— Mal asunto — comentó —. Ya no podrá serle usted más antipática después de esto, y, estoy seguro que en la audiencia de mañana hablará de lo que ha ocu­rrido en esta clase.
— ¿Debo enviar a casa a todos los chicos? — preguntó la señorita Boltz ansiosamente.
— Eso en estos momentos sería abandonar la lucha, ¿verdad? Siga usted adelante. Ya arreglaremos esto sin molestarla a usted para nada.

La señorita Boltz volvió a sentarse ante su mesa, abrió un libro de notas y dijo:

— Ayer estuvimos hablando de Alejandro Magno…


Los quince miembros de la Junta de Educación ocu­paban todo el lado de una mesa larga y estrecha. Eran hombres de negocios y algunos de ellos ejercían pro­fesiones liberales, en su mayor parte, de edad madura, todos muy serios demostrando evidente impaciencia.
En el lado opuesto de la mesa, estaba sentada la señorita Boltz en compañía de Bernard Wallace. Roger Wilbings ocupaba el otro extremo junto a un aburrido técnico que estaba preparando un informe sobre los procedimientos a seguir. Un hombre sencillo de aspecto nervioso, al que Wallace identificó como el superinten­dente de Educación, entró en la sala, y después de ha­blar brevemente con Wilbings volvió a salir.

— Casi todos son imparciales — murmuró Wallace en voz muy baja —. Son honestos. Con esto tenemos algo ganado en principio. La dificultad principal consiste en que no saben nada sobre educación; hace ya bastante tiempo que dejaron de ser estudiantes.

Desde su lugar en el centro de la mesa, el presidente puso orden en la sala. Miró fijamente a Bernard Wallace y anunció:

— Señores, esto no es un juicio, se trata solamente de una audiencia para obtener los datos esenciales que ayuden a la Junta a tomar una decisión justa y ade­cuada. No es nuestro propósito discutir aspectos de carácter legal.
— El presidente de la mesa también es abogado — dijo Wallace —. Un buen profesional.
— Puede usted empezar, Wilbings — añadió el pre­sidente.

Wilbings se puso en pie. Tenía un ojo amoratado y sonrió fingidamente con dificultad.

— El motivo de esta reunión se relaciona con el hecho que la señorita Mildred Boltz tiene un contrato tipo 79B concedido en el año 2022. Recordarán todos ustedes que este distrito escolar inicialmente se hizo responsable de estos contratos durante una escasez de profesores en Marte, cuando…

El presidente golpeó con el mazo sobre la mesa y dijo interrumpiéndole:

— Ya sabemos todo eso, Wilbings. Usted quiere des­pedir a Mildred Boltz por incompetente. Presente usted las pruebas de tal incompetencia y luego oiremos lo que dice sobre ello la señorita Mildred; y acabemos pronto. No estamos dispuestos a pasarnos aquí toda la tarde.

Wilbings, cortésmente, hizo una reverencia.
Entregó a todos los presentes cuatro índices nor­males Trendex de Mildred Boltz, y también un índice especial que fue autorizado recientemente por la Junta.
Se repartieron los documentos. La señorita Boltz es­tudió únicamente el índice Trendex que todavía no había visto. Indicaba un 2…, las dos décimas de un uno por ciento.

— Cuatro de estos índices son de cero o tan bajos que prácticamente podemos considerarlos como cero — dijo Wilbings —. El índice de veintisiete constituye un caso especial.

El presidente, inclinándose hacia delante, dijo:

— ¿No resulta poco frecuente que un índice se des­víe tan desproporcionadamente de los otros?
— Tengo razones para creer que ese índice significa una de estas dos cosas: fraude o error. Admito desde luego, que mi opinión es absolutamente personal y que carezco de pruebas para que las acepte un tribunal.

Los miembros de la Junta comentaron ruidosamente entre ellos. El presidente dijo con lentitud:

— Se me ha asegurado más de mil veces que el Tren­dex es infalible. ¿Puede usted, si no tiene inconveniente, decirme cuáles son sus razones para tener tales sospechas?
— Preferiría no decirlas.
— Entonces no tendremos en cuenta su opinión personal.
— El problema, en realidad, está bien claro. A pesar de ser veintisiete el número señalado en uno de los índi­ces, la señorita Boltz tiene un promedio de cinco en la fracción de nueve semanas.

Bernard Wallace estaba recostado cómodamente en un sillón, con una mano metida en el bolsillo y la otra girando en el aire su llavero.

— No consideramos el problema tan claro como usted dice. Hay un índice de veintisiete — dijo.

El presidente frunció el ceño.

— Si tiene usted la amabilidad de permitir que el señor Wilbings exponga su caso… — dijo.
— Muy gustosamente. ¿Qué está esperando?

Wilbings se sonrojó.

— Es inconcebible — dijo — que un profesor o profe­sora competente pueda dar índices de cero o fracciones de tanto por ciento. Como prueba más amplia de la incompetencia de la señorita Boltz, deseo informar a la Junta que, sin autorización, trajo a diez de sus estudiantes a un estudio de este edificio y les dio clase durante mañanas y tardes enteras.

El rozar de pies sobre el suelo, el fumar de los ciga­rrillos y los ocasionales murmullos se detuvieron. Mira­das de desorientación se fijaron en la señorita Boltz. Wilbings disfrutó brevemente de aquel silencio antes de continuar:

— Ahora expondré a todos ustedes los efectos funes­tos de esta extraña intromisión a nuestro sistema edu­cativo. Todos ustedes están familiarizados con ella. En el caso que los hechos precisen alguna demostración, estoy dispuesto a ofrecer como prueba la declaración del daño físico producido en uno de estos períodos de clase, así como los causados sobre mi propia persona, que fue atacada por uno de esos jóvenes granujas sobre los que la señorita Boltz tiene influencia. Afortunada­mente descubrí este, digamos, complot en contra de la juventud de nuestro distrito antes que sus efectos malignos e irreparables pudiesen progresar. Por su­puesto, su inmediato despido pondría fin a todo ello. Este, señores, constituye nuestro caso.

El presidente dijo:

— Es difícil de creer. Señorita Boltz, ¿tendría usted la amabilidad de explicar a la Junta por qué…?

Bernard Wallace interrumpió al presidente para pre­guntar:

— ¿Es mi turno, señor presidente?

El presidente dudó, miró al resto de los presentes por si deseaban hacer alguna pregunta. Y ante el silencio de los miembros de la Junta, dijo:

— Adelante. Puede usted hablar.
— Una pregunta, caballeros. ¿Cuántos de ustedes han recibido su educación bajo esas funestas circunstancias que tan elocuentemente acaba de describir Wilbings? Levanten una mano, por favor, y seamos sinceros… Ocho, diez, once. Once entre quince. Gracias. Y díganme, señores, ¿atribuyen ustedes su actual estado de «dege­neración» a ese sistema educacional tan siniestro?

Las irónicas palabras de Wallace promovieron la sonrisa de todos los miembros de la Junta.

— Usted, Wilbings — continuó Wallace —, habla como si aquí todos estuviesen familiarizados con los fatales efectos de la enseñanza en grupo. ¿Es usted una autori­dad en ese terreno?
—Por supuesto. Estoy familiarizado con toda clase de estudios e investigaciones de tipo sistematizado y normativo.
—¿Tiene usted alguna experiencia de ese sistema de educación? ¿Ha enseñado usted de acuerdo con sus bases normativas?
—¡Desde luego que no!
—Entonces no es usted una autoridad en esta ma­teria. Todo cuanto usted sabe sobre los «funestos efec­tos» es lo que haya podido escribir algún imbécil.
—¡Señor Wallace!
—Bien, olvidemos eso. Dígame, ¿es o no correcta mi pregunta? Todo cuanto usted sabe…
—Estoy dispuesto a aceptar el veredicto de una reco­nocida autoridad en la materia.
—Y dígame, esas reconocidas autoridades en la materia, ¿han tenido o tienen alguna experiencia de la enseñanza en grupo?
—Si son autoridades reconocidas…

Wallace dio un fuerte puñetazo sobre la mesa y exclamó:

— ¡No conteste saliéndose por la tangente! Reconocidas autoridades…, ¿entre quiénes? La cuestión es si realmente saben algo de lo que escriben. ¿Bien…?
— No puedo estar seguro sobre cuál es la base que emplean para sus estudios.
— No se trata sólo de la base, como usted dice, sino más bien de conocer el tema. Si yo le presentase una autoridad con años de experiencia y estudio sobre el sistema de enseñanza en grupo, ¿aceptaría usted la pa­labra de esa persona en lo referente a los efectos de dicho tipo de enseñanza ya sean dañinos o todo lo con­trario?
— Me complacería considerar la opinión de una auto­ridad en el campo de la enseñanza — respondió Wil­bings.
— ¿Y ustedes qué dicen, caballeros?
— Nosotros no somos expertos en educación — dijo el presidente —. Tenemos que confiar en los entendidos.
— Magnífico. Pues bien, aquí les presento a la señorita Mildred Boltz, cuyos veinticinco años de enseñanza en grupo, efectuada en Marte, la convierten indudable­mente en la más competente autoridad sobre el tema, en todo el hemisferio occidental. Señorita Boltz, la enseñanza en grupo, ¿es dañina para los alumnos?
— Desde luego que no — contestó la señorita Boltz —. En veinticinco años de ejercicio no recuerdo ni un solo caso en el que la enseñanza en grupo haya sido perju­dicial para el estudiante. Por otra parte, la enseñanza por televisión…

La señorita Boltz se detuvo cuando el señor Wallace le dio un suave codazo.

— He aquí la respuesta a la última declaración de Wilbings — dijo Wallace —. La señorita Boltz es una ex­perta en el campo de la enseñanza en grupo. No hay aquí nadie que pueda discutirle en este aspecto. Si ella trajo diez de sus alumnos a este edificio, sabía perfec­tamente lo que hacía. En realidad yo mismo opino que sería una buena medida que cada distrito escolar tuviese entre su personal un experto en enseñanza de grupo. ¡Wilbings parece no opinar así, pero ustedes, señores de la Junta, podrían considerar este asunto. Ahora en cuan­to a la tontería del Trendex…

Wilbings dijo fríamente:

— Los índices Trendex no son una tontería.
— Podría demostrarle a usted que sí lo son, pero no quiero hacer perder mucho tiempo a estos señores. Usted alega que el índice veintisiete se debe a un fraude o a un error. ¿Y cómo sabe usted que estos otros índi­ces no se deben también a fraude o error? Tomemos el último…, este índice especial. ¿Cómo lo sabe?
— Ya que usted parece insistir sobre esto — dijo Wilbings — considero un deber declarar que la señorita Boltz es amiga personal de cierto miembro del depar­tamento de ingeniería que ocupa una posición suficiente para poder influir en los índices. Este amigo supo que la señorita Boltz iba a ser despedida. Repentinamente y sólo por una vez, su índice ascendió hasta alcanzar un nivel satisfactorio. Las circunstancias hablan por sí solas.
— ¿Por qué está usted tan seguro del hecho que este último índice no se debe a fraude o error?
— Porque hice venir del exterior a un ingeniero en quien puedo confiar. Él se hizo cargo personalmente del último Trendex de la señorita Boltz.
— ¡Acabemos! — dijo Wallace con tono desprecia­tivo —. Wilbings quiere que se despida a la señorita Boltz. No confía en la veracidad de los Trendex toma­dos por los ingenieros del distrito. Y así llama a un amigo suyo del exterior, a una persona en la que él puede influir para que tome el índice que le interesa. Ahora, díganme ustedes, si eso no abre la puerta al fraude o al error…

Los fuertes rumores que estallaron en la sala hicie­ron vibrar los cristales de las distantes ventanas: Wil­bings se puso en pie vociferando; el presidente golpeaba sobre la mesa exigiendo orden; los miembros de la Junta discutían acaloradamente entre sí.

— Señores — dijo Wallace, cuando logró que le escu­chasen —. Yo no soy una autoridad en Trendex, pero puedo decirles que estos cinco índices y las circunstan­cias que los rodean no están claros. Sin embargo, hay una forma para que los señores que forman la Junta queden satisfechos en todo lo referente al resultado de esta audiencia. En este momento no creo que ninguno de nosotros sepa si la señorita Boltz es o no una pro­fesora competente. Pero lo sabremos muy pronto. Ob­tengamos otro Trendex. Consigamos otro Trendex de todos los alumnos de la señorita Boltz. No hago aquí ninguna promesa, pero si lo resultados están de acuer­do con el promedio que aquí tenemos, en tal caso yo mismo aconsejaré a la señorita Boltz su inmediata re­nuncia, sin realizar más pruebas periciales.
— Eso es razonable — dijo el presidente —. Aceptada la propuesta. Wilbings, que venga Pargrin aquí y vere­mos si eso se puede llevar a término.

La señorita Boltz permaneció sentada en su silla mirando con tristeza la brillante superficie de la mesa. Se sentó como traicionada. Era totalmente evidente que su suerte dependía del rechazo de aquellos últimos Tren­dex. La prueba que había sugerido Wallace lo confir­maría definitivamente y su defensa caería por tierra. Sabía que Jim Pargrin así lo entendería.
Cuando entró Pargrin en la sala, evitó intencionada­mente mirar a la señorita Boltz.

— Es posible hacerlo — dijo, cuando el presidente le comunicó lo que deseaba —. Quizá altere algo nuestro programa y recibamos retrasado el próximo Trendex normal, pero si es necesario podemos hacerlo. ¿Podemos presentarlo mañana?
— ¿Le parece bien mañana, Wilbings? — interrogó el presidente.
— Tratándose de la señorita Boltz no tengo ninguna confianza en los índices tomados por nuestro personal — respondió Wilbings.

Pargrin frunció una ceja.

— No sé a lo que usted se refiere, pero si duda usted de nosotros envíe llamar a ese ingeniero suyo y que él lo haga. Probablemente siendo éste un trabajo extra, los hombres del Trendex, se lo agradecerán.
— ¿Le satisface eso, Wilbings? — interrogó de nuevo el presidente.

Wilbings asintió con un movimiento de cabeza y lue­go respondió:

— Sí. Me satisface.
— Pues bien. La clase de la señorita Boltz termina a las once y cuarto. ¿Podemos tener los resultados para las once y media? Magnífico. La Junta se reunirá ma­ñana a las once y media y dictaminará en definitiva so­bre este caso.

Se dio por terminada la reunión. Bernard Wallace dio en un brazo a la señorita Boltz una afectuosa pal­mada y murmuró a su oído:

— Ahora no se preocupe por nada en absoluto. Actúe como de costumbre y procure darnos su mejor clase de TV. Espero que las cosas salgan bien.

La señorita Boltz regresó a su clase, donde Lyle Stewart la estaba sustituyendo.

— ¿Qué ha decidido la Junta? — preguntó.
— Todavía no ha resuelto — dijo ella —. Aunque creo que no hay muchas dudas. Mañana puede ser mi último día de clase de modo que veremos cómo acaba todo.


La clase de TV de aquel miércoles por la mañana fue la mejor de las que la señorita Boltz había expli­cado hasta entonces. Los estudiantes actuaron magnífica­mente. Al mirarlos, la señorita Boltz pensó, muy ape­nada, en los miles de chicos y chicas que habían perdido su maravilloso tiempo contemplando en la pantalla a aquellos actores y actrices en paños menores.
Se apagó la luz roja. Lyle Stewart entró en el es­tudio.

— Muy bien — comentó.
— ¡Han estado todos maravillosos! — exclamó la señorita Boltz dirigiéndose a sus alumnos.

Sharon, la muchacha ciega, dijo casi con lágrimas en sus tristes ojos:

— Nos dirá usted lo que suceda, ¿verdad? ¿Nos lo dirá?
— Se lo comunicaré tan pronto como yo lo sepa — respondió la señorita Boltz.

Luego forzando una sonrisa abandonó el estudio.
Al caminar apresuradamente por el pasillo una larguirucha figura se interpuso a su paso: un muchacho alto, pálido, con una expresión de temor reflejada en su rostro.

— ¡Randy! — exclamó la señorita Boltz —, ¿qué estás haciendo aquí?
— Lo siento, señorita Boltz. Lo siento mucho, y no volveré a hacerlo otra vez. ¿Puedo volver a clase?
— Me gustaría que volvieses, Randy, pero quizá des­pués de hoy ya no haya más clases.

El muchacho quedó claramente sorprendido.

— ¿Que no habrá más clases?

La señorita Boltz movió la cabeza negativamente.

— Temo que posiblemente me despidan; ya lo sabes.

El muchacho crispó ambos puños. Cayeron algunas lágrimas por su cara y su voz se quebró en un sollozo. La señorita Boltz trató de consolarle. Transcurrieron algunos minutos antes que ella comprendiera por qué lloraba el muchacho.

— ¡Randy! — exclamó —. No es culpa tuya si me des­piden. Lo que tú has hecho nada tiene que ver con esto.
— No permitiremos que la despidan — dijo el chico —. Todos nosotros…, los muchachos…, no lo permitiremos.
— Tenemos que respetar la ley, Randy.
—¡Pero no la despedirán! — exclamó Randy con rostro resplandeciente —. Es usted la mejor profesora que co­nozco. Sé que no la despedirán. ¿Puedo regresar a clase?
— Si mañana hay clase, Randy, puedes venir. Ahora tengo que darme mucha prisa. Llegaré tarde.

Efectivamente llegó tarde al salón de sesiones, situa­do en la planta baja del edificio. Caminó apresurada­mente por el pasillo y se detuvo finalmente ante una puerta cerrada. Consultó su reloj. Eran las doce menos cuarto.
Llamó tímidamente a la puerta. No hubo respuesta.
Llamó más fuerte y finalmente abrió un poco.
La sala estaba vacía. Allí no había miembros de la Junta, ni técnicos, ni Wilbings, ni tampoco se hallaba presente el abogado Wallace. Todo había terminado y ni siquiera se habían molestado en notificarle el re­sultado.
Sabían que ella pronto se enteraría. Y enjugándose los ojos con la manga del vestido, se dijo a sí misma: «¡Ánimo!» Seguidamente regresó por donde había ve­nido.
Al caminar escuchó pasos apresurados que la seguían. Se trataba de Bernard Wallace, quien se acercó a ella sonriendo.

— Me preguntaba dónde estaría usted metida. Estuve hace un momento en su despacho. ¿Sabe las noticias?

La señorita Boltz movió la cabeza negativamente y respondió:

— No sé absolutamente nada.
— Su Trendex fue de 99,2. Wilbings al conocerlo casi sufrió un desmayo. Quiso gritar «¡fraude!», pero no se atrevió. Y no se atrevió porque había hecho intervenir a su ingeniero particular. La Junta, al conocer el re­sultado del índice cerró el caso. Creo que hasta pensa­ban despedir a Wilbings, pero tenían prisa.

La señorita Boltz respiró profundamente apoyándose contra la pared sumamente aliviada. Luego exclamó:

— ¡No es posible!
— Pero es una realidad. Esto lo teníamos planeado en cierta manera. Jim y yo conseguimos los nombres de todos los alumnos de usted y les enviamos cartas. «Clase especial el próximo miércoles. Gran acontecimien­to. No se lo pierdan». Estoy seguro que muy pocos se lo perdieron. Wilbings cayó así en nuestras manos y le hemos vencido.
— No — dijo la señorita Boltz moviendo la cabeza y exhalando un profundo suspiro —. No. No vale la pena simular. Por supuesto que le estoy muy agradecida, pero ha sido un truco y cuando el próximo Trendex llegue, el señor Wilbings volverá a armar ruido.
— Ha sido un truco — convino Wallace —, pero es un truco permanente. La generación más joven de hoy nun­ca había pasado por la experiencia de una auténtica clase como la de usted. El primer día usted les contó cosas sobre la escuela de Marte y les fascinó. Logró atraer su atención. Jim me estuvo contando todo esto. Pensamos luego que si aparecía en la pantalla toda su clase en grupo también les fascinaría. Wilbings tomó el Trendex especial antes que usted empezara con sus clases, pero Jim ha estado observando su actuación estos últimos días y los índices han ido en aumento. Ayer pasó de los diez, y ahora que todos los chicos saben lo que está usted haciendo, seguro que los índices subirán al máximo continuadamente. Así que se acabaron las preocupaciones, ¿se siente feliz?
— Muy feliz. Y muy agradecida.
— Algo más. El presidente de la Junta desea hablar con usted respecto a estas clases. Cené con él la noche pasada y le informé de todo cuanto pude. Está muy interesado. Sospecho que tiene más de una duda sobre la Nueva Educación. Por supuesto que no podemos sus­tituir en veinticuatro horas la enseñanza por TV, pero podemos iniciar poco a poco su supresión. Ahora tengo que trabajar. La veré pronto.

El abogado se alejó, jugando con sus llaves.
La señorita Boltz se dio la vuelta y vio cómo Jim Pargrin se acercaba a ella. Le estrechó la mano y dijo:

— Todo se lo debo a usted.
— Usted no debe nada a nadie como no sea a usted misma. Estuve arriba en su clase, se lo he comunicado a todos los chicos. Lo están celebrando.
— ¡Dios mío! Espero que no rompan nada.
— Me alegro por usted. Por otra parte lo siento.

Jim Pargrin la miró de aquella manera que la había hecho sentirse más joven. Hubo un silencio y el hombre añadió:

— Pensé en que si perdía usted su empleo podría pedirle que se casara conmigo.

Jim Pargrin se detuvo mirando hacia otro lado tími­damente. Después añadió:

— Por supuesto, habría echado usted de menos sus clases, pero quizá si llegásemos a tener algunos chicos nuestros…

La señorita Boltz se sonrojó vivamente.

— ¡Jim Pargrin! —exclamó—. ¿A nuestra edad?
— Me refiero a adoptar alguno o algunos.
— Realmente…, nunca se me ha ocurrido pensar qué es lo que echaría de menos al no tener hijos. He tenido una familia toda mi vida, desde que comencé a dedi­carme a la enseñanza; y aun cuando los niños eran diferentes cada año les he querido a todos. Y ahora tengo una familia más, esperándome. Esta mañana es­taba tan nerviosa que he dejado mis notas de historia en el despacho. Tendré que darme prisa.

La señorita Boltz dio unos cuantos pasos y luego se volvió para mirar a Pargrin.

— ¿Qué es lo que le ha hecho creer que no me casaría con usted si continuase con mis clases?

La exclamación de alegría que lanzó Pargrin fue clara y terminante, y antes de doblar la esquina del pasillo, la señorita Boltz escuchó un silbido de alegría.
En la sexta planta avanzó por el pasillo para ir a su despacho, de prisa, ya que sus estudiantes estaban cele­brando el éxito y no quería perderse la fiesta. Al mirar hacia delante vio cómo se abría lentamente la puerta del despacho. Se asomó un rostro e inmediatamente después una figura larguirucha cerró apresuradamente la puerta desapareciendo en la otra esquina del pasillo. Era Randy Stump.

— ¡Randy! — murmuró en voz baja la señorita Boltz.

¿Qué hacía en su despacho? No había allí nada a no ser sus libretas de notas y algún material de escritorio, y…, ¡su bolso! Había dejado el bolso sobre la mesa del despacho.

—¡Randy! — repitió nuevamente.

Abrió la puerta y miró a su interior. De pronto la señorita Boltz lanzó una carcajada… reía y lloraba a la vez, inclinada contra el dintel de la puerta. Luego de haberse calmado un poco exclamó:

— ¡Vaya…! ¿Cómo se le habrá ocurrido semejante idea?

Su bolso se hallaba sobre la mesa, sin tocar. Junto a él, bajo la luz que iluminaba la estancia había una enorme y redonda manzana.